Mi vecina debiera llamarse lluvia, pero en los años cuarenta del siglo pasado abundaban las Elenas y Petronilas. Y eso de llamar lluvia a una hija es cosa de un Serrat o un Silvio. Mi vecina debiera estar siempre en el patio como lo está el anoncillo y el cerezo, pero es una cubana que compite con Francisca, y si no está en los ejercicios junto a Zoila y sus vecinos, anda por Las Tunas o en La Habana a darle una vuelta a los suyos.
Pero Lluvia prefiere el patio, el de tantas y tantas celebraciones, el de unión real, el de sus padres y hasta los bisnietos de Millo y Nena.
Mi vecina fue alfabetizadora, profesora de la Facultad Obrera y Campesina y hasta diputada al parlamento cubano desde 1986 hasta 1992, en la tercera legislatura.
Mi vecina no se ahorra los buenos días ni la fase optimista. Ella sabe que alegrar es la misión de los aguaceros humanos. Sabe que podemos sanar y hasta salvar con un elogio o una sonrisa. Sabe que podemos reverdecer el cerezo familiar aunque los troncos ya no estén, pero queda la raíz, que le debe a la lluvia, que es la sonrisa mañanera de mi vecina Martha Sánchez Hechavarría.





