Fidel Castro no pisó nunca un terreno de pelota en Buenaventura. No se sentó en una grada de Calixto García a discutir una jugada, ni lanzó una primera bola en este rincón del llano holguinero. Su biografía tiene otros escenarios: Birán, Santiago, La Habana, Sierra Maestra. Y sin embargo, hay una línea invisible —hecha de políticas, de instituciones, que une al Comandante con cada municipio de esta isla, incluso con este, donde la tierra y el sol no perdonan.

Fidel creció con un guante en la mano. En el colegio de los jesuitas, en la Universidad de La Habana, la pelota fue su lenguaje primero. No era el único deporte que le apasionaba —el baloncesto, el tiro, la pesca— pero el béisbol tenía algo de gramática cubana que lo hacía distinto. Era el juego del pueblo, el que se armaba con un palo y una costura en cualquier solar.

Cuando triunfó la Revolución en 1959, Fidel heredó un país donde el deporte organizado era coto privado. Clubes exclusivos, colegios de pago, ligas que solo existían en las ciudades grandes. El hijo de un campesino en Oriente podía tener talento de sobra, pero no tenía dónde entrenar, quién lo viera, cómo llegar a un estadio.

El 23 de febrero de 1961 se creó el INDER. Y con él, una idea que Fidel repitió hasta convertirla en piedra angular: *"El deporte es derecho del pueblo"*. No era un eslogan para un cartel. Era una instrucción operativa: había que llevar canchas, profesores, implementos, competiciones, a cada rincón del país. A cada municipio. A cada consejo popular. También a los que no salían en los periódicos.

Aquí es donde la historia nacional se vuelve historia local. El municipio de Calixto García, en la provincia de Holguín, lleva el nombre del Mayor General de las tres guerras independentistas, aquel que prefirió pegarse un tiro antes que rendirse al enemigo. Es un municipio rural, de llanuras y cultivos, con Buenaventura como cabecera y comunidades dispersas como San Agustín, Mir o Sabanazo. No es un lugar que aparezca en las crónicas deportivas de la capital. No tiene un estadio con luces ni una peña televisada.

Pero fue aquí, como en cientos de municipios similares a lo largo de la isla, donde la política deportiva de Fidel se materializó en lo concreto: un profesor de Educación Física asignado por el INDER que llegaba a una escuela rural; un terreno de béisbol trazado con cal sobre la tierra; una cancha de voleibol levantada junto al poblado; un área de atletismo donde antes solo crecía la maleza.

En los años sesenta y setenta, las EIDE (Escuelas de Iniciación Deportiva Escolar) abrieron sus puertas en las cabeceras provinciales, y con ellas, un sistema de detección de talentos que no preguntaba por apellido ni por dirección. Un muchacho de Calixto García podía ser visto, medido, entrenado. Podía pasar de un terreno de tierra a una pista de ceniza, de un bate de guayabo a uno de aluminio. La distancia geográfica dejó de ser, al menos en teoría, una condena definitiva.

No se trata de decir que Calixto García se convirtió en potencia deportiva. Sería falso. Pero sí se convirtió en un lugar donde el deporte existía como posibilidad real, no como privilegio ajeno. Donde un niño podía soñar con jugar sin que nadie le dijera que eso no era para él.

Lo paradójico —y lo que da sentido a esta crónica— es que la figura de Fidel está en Calixto García sin haber estado nunca en una instalación deportiva. Está en la estructura, en la institución, en la idea de que un municipio rural merece una cancha tanto como Vedado o Miramar. Está en el entrenador que cobra poco y llega temprano. En el campeonato municipal de béisbol que se juega los fines de semana. En la niña que entrena voleibol en una escuela que lleva el nombre de un mártir local.

Fidel no necesitó estar físicamente para que su visión llegara aquí. Le bastó con decidir, un día de 1961, que el deporte no podía seguir siendo cosa de pocos. Y esa decisión bajó por la pirámide administrativa hasta el último municipio, hasta el último terreno, hasta el último niño con un palo de guayabo en la mano.

Hoy los terrenos de Calixto García tienen baches. Las gradas, si las hay, muestran la pintura cansada. Los implementos no siempre alcanzan. Son tiempos difíciles y el deporte rural lo siente. Pero el profesor sigue llegando en bicicleta a las siete de la mañana. El muchacho sigue corriendo descalzo sobre la pista de tierra. La red de voleibol, remendada, todavía sostiene el vuelo de un saque.

Fidel murió en noviembre de 2016. No volverá a un estadio, no discutirá una jugada desde la cerca. Pero en cada lugar de Cuba donde el deporte es posible sin pedir permiso ni apellido, hay una huella suya. En Calixto García, tierra del hombre que no se rindió, esa huella tiene forma de juego.

 

 

 


Podcast RJ

1 DE MAYO 2024

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