La memoria es el fundamento sobre el que se alza la solemnidad. Sesenta y siete años no son solo una medida del tiempo; son la huella profunda de una ruptura fundacional. Antes, el orden era sinónimo de opresión, impuesto por los cuerpos represivos de una tiranía. Después, a partir de aquel año cero de la Revolución triunfante, el orden pasó a ser una construcción colectiva, un servicio. La fundación de la Policía Nacional Revolucionaria, bajo la visión directa del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, no significó simplemente la creación de una nueva institución: fue el acto deliberado y simbólico de extinguir para siempre el concepto de una fuerza al servicio del poder, y dar a luz, desde las cenizas de la dictadura, una fuerza al servicio del pueblo y de su proyecto revolucionario.

Por eso este nuevo aniversario está cargado de ese relámpago histórico. Cada oficial, erguido, no es solo un servidor público; es la encarnación de aquella promesa cumplida. El uniforme verde olivo que visten no es el heredero de los antiguos esbirros, sino el hermano del que vistió el guerrillero en la Sierra. Fidel comprendió que la Revolución, para ser duradera, necesitaba un brazo ejecutor de su ley que compartiera su misma genética y ética: la de la lealtad absoluta a los más humildes.

Su labor, por tanto, se mide con una vara distinta. No es la crudeza represiva de aquellos tiranos, sino la perseverancia en la protección. Se materializa en la textura de lo cotidiano: en el agente que conoce su sector como una red de rostros y confianzas, no como un territorio a controlar. En quien disuelve el conflicto con la palabra antes que, con la fuerza, en quien es educador cívico, mediador social y escudo contra las ilegalidades. Son la primera trinchera de un concepto más profundo de seguridad, donde prevenir el delito es tan crucial como perseguirlo, y donde la justicia social es la mejor garantía del orden público.

Los desafíos de estos sesenta y siete años son los espejos de la sociedad que custodian: la complejidad tecnológica, las nuevas amenazas, la batalla eterna contra lo mal hecho. Su lucha más constante es honrar, día a día, el legado que les dio origen: demostrar que la fuerza, cuando emana del pueblo, puede ser un instrumento de paz y no de terror.

En este aniversario, el homenaje más profundo trasciende los actos protocolares. Reside en el reconocimiento genuino oculto en la mirada de un ciudadano, en la certeza de que su autoridad no es un poder sobre la gente, sino un poder de la gente, de los humildes, por los humildes y para los humildes como lo dijo Fidel.


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