Imagen de archivo.

A un año de su partida física, su medalla de oro de los Juegos Centroamericanos de Santiago de los Caballeros reposa ya en el museo local, mientras los trabajadores del deporte rinden tributo a su memoriaHay hombres que nacen con un remo en las manos sin saberlo. Wilfredo Bruzón Causilla fue uno de ellos. Nació el 18 de septiembre de 1965 en Velasco, en el seno de una familia humilde, y aunque la vida lo llevó después a Mala Noche y finalmente al centro del municipio, nunca dejó de ser, en esencia, un hijo de esta tierra.

Este 2 de octubre se cumple un año de su partida física. Y Calixto García, este municipio que lo vio crecer entre surcos y potreros, lo recordó como se recuerda a los grandes: con respeto, con gratitud y con el corazón apretado.

Corría el año 1982 cuando el entrenador Roberto Pizarro posó sus ojos sobre aquel muchacho de diecisiete años. Algo vio en él —tal vez la fuerza, tal vez la disciplina, tal vez esa mezcla rara de humildad y ambición que distingue a los elegidos— y lo reclutó para la Escuela Provincial de Remo. Tres años después, Wilfredo ya formaba parte de la preselección nacional. El muchacho de Velasco había empezado a remar contra corriente, y lo hacía mejor que nadie.

1986 fue su año. Cuarto lugar en la Copa de Alemania, tercero en la Copa de Francia. Y luego, el momento cumbre: los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Santiago de los Caballeros. Allí, Wilfredo subió a lo más alto del podio. Oro. Para él, para Holguín, para Cuba.

Aquel año, la delegación cubana arrasó con 174 medallas de oro y 299 metales en total, un dominio abrumador que quedó en los anales del deporte regional. En aquella cita, la primera en la historia en celebrarse de forma descentralizada —Cuba acogió esgrima, México acogió hockey y remo—, el remo holguinero aportó tres preseas doradas, una de plata y una de bronce. Wilfredo Bruzón era parte de ese grupo de pioneros que pusieron el nombre de Holguín en lo más alto del remo continental.

En el museo local de Calixto García, su medalla de oro fue entregada oficialmente a la institución. Ya no es solo un objeto personal, un recuerdo de familia: es patrimonio del municipio, testimonio material de que aquí, en el rincón más occidental de Holguín, también se fabrican leyendas.

Los trabajadores del deporte se reunieron para rendirle homenaje. No hubo grandes discursos ni pompa innecesaria, porque Wilfredo nunca fue hombre de aspavientos. Quienes lo conocieron lo describen con las mismas palabras: bueno, humilde, servicial, leal a su terruño. Su grandeza no solo estaba en el palmarés; estaba en la manera de tratar a la gente, en la sencillez con que llevaba sus medallas, en el amor que profesaba por este pedazo de tierra que nunca quiso abandonar.


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