María Eugenia canta como la lluvia en los portales. Vive la claridad de más de cincuenta años de existencia y la pureza de una cubana real.
María canta bajo la lluvia y el agua la abraza mientras se desliza en busca de la tierra. El olor a lluvia es una bendición, pero prefiere el olor de las frutas. María canta y sus tres hijos son sus bastones. Lo demás es la pregunta de su vida: Soy ciega?
Ha viajado sola a Moa, Banes u Holguín. Y siempre hay un ángel de la guarda de sus pasos. María canta Pupilas del corazón, poema de Norberto Carralero y al celebrar los 51 años de la Asociación Nacional del ciego ella comparte sus secretos con la tenacidad de una vidente, de alguien que no vaga por el mundo y a paso firme descubre el horizonte.
María no sabe de los rincones. No sabe de respirar la soledad. No la detiene nada. Su vida es una canción que inspira. Y cuando llega a la peña mensual amanece. Siempre amanece aunque sea mediodía. Y con la claridad de los invencibles prende el fogón de carbón y ricos le quedan los potajes. María es la inspiración de la vida misma. Es la canción que no cesa.




