Imagen tomada de Internet
El sol cae a plomo sobre el Estadio del Cerro, pero nadie se mueve de su lugar. Las gradas, abarrotadas desde horas antes, huelen a sudor, tabaco y esperanza. Hay obreros con sus overoles aún manchados de grasa, estudiantes con camisas blancas recién planchadas, madres con niños en brazos y veteranos de la Sierra Maestra con mirada fija en el montículo. Algo grande está por suceder. Algo que cambiará para siempre el alma del béisbol cubano.
A las tres en punto, aparece él. Fidel Castro Ruz, con su uniforme verde olivo y una sonrisa contenida, cruza el campo entre aplausos que parecen no tener fin. No viene como jefe de Estado, sino como compañero de juego, como ese amigo de barrio que siempre quería batear la primera bola. Toma el bate con firmeza y, sin ceremonias excesivas, conecta. La pelota vuela recta, limpia, simbólica. Es el primer batazo de la Primera Serie Nacional de Béisbol.
No hay anuncios comerciales ni marcas en los uniformes. Los equipos no pertenecen a empresarios, sino a regiones enteras: Occidentales, Azucareros, Orientales y Habana. Cada jugador representa no a una empresa, sino a una tierra, a una historia colectiva. El estadio, rebautizado poco después como Latinoamericano, vibra con cada swing, con cada corrida. Pero más que el marcador, lo que late fuerte es la idea de que el deporte puede ser de todos.
En los pasillos del estadio, un viejo aficionado le dice a su nieto: “Hoy no se juega por dólares, muchacho. Hoy se juega por orgullo”. Y tiene razón. Porque detrás de esa pelota blanca y roja no hay contratos millonarios, sino sueños tejidos en escuelas deportivas, en potreros de La Lisa, en canchas de tierra de Santiago o en los campos de caña de Matanzas.
Esa tarde, Cuba no solo inauguró un campeonato. Reinventó su relación con el béisbol. Lo devolvió al pueblo. Lo hizo suyo, otra vez.
Más de sesenta años después, cuando el viento sopla sobre el Latinoamericano, todavía se escucha el eco de aquella primera bola. Porque no fue solo un lanzamiento. Fue una promesa: que el deporte, en esta isla, siempre sería una fiesta del pueblo.




