Frente a la laguna, por el camino que va al Mijial, estaba la casa de Blanca Hechavarría Rueda y Evencio Valdés Pantoja. Era un bohío inmenso con el techo de guano. Las paredes forradas con lomo de yagua, con las puertas también de yaguas y sin bisagras, las que se ataban al caer la tarde, con una soga de manila. El piso era de tierra. Se limpiaba con cenizas y agua. Se baldeaba con una escoba y el olor a tierra mojada se confundía con la lluvia, con ese olor a lluvia que envolvía la casa.

Afuera el jardín, donde se enredaba el coralillo, y las cercas eran de aralias. El trillo iba hacia la estancia y al frente los árboles frondosos, los algarrobos a orillas de la laguna y el graznido de las garzas después de las cinco de la tarde cuando Evencio ataba las puertas, pero antes el daba una vuelta al rancho, el rancho de hojas de plátano que duró como veinte años.

Una noche, Blanca miró hacia el tinajero y vio sobre el plato que retenía la gota de agua, un sapo y ante la llamada de atención de Blanca, Evencio se mostró alegre ante el visitante.

 

A la noche siguiente estaban en el plato de esmalte el sapo con su pareja y la paz reinaba en el bohío de Blanca y Evencio. La tercera noche estaban papá sapo,  mamá sapa y sapito. Había una fiesta bajo el tinajero.

Evencio y Blanca se conocieron en Mala Noche. Ella vino con otras tres hermanas y las cuatro se casaron con integrantes de la familia Valdés. Llegaron en la década del 30 y Blanca se casó con Evencio; Julia con Enrique, hijo de Filomena Valdés; Delia con Rigoberto Valdés, nieto de Julián Valdés Ramírez y Elena con Ariel de los Reyes.  Los jóvenes procedían de Puerto Padre y específicamente de Santa María, pero Blanca se mostraba llena de cualidades y virtudes: era una excelente conversadora, carismática, gustaba de leer bajo la luz de un aparato de carburo. Tenía una amiga periodista en Puerto Padre y ella le publicaba las notas sociales en los periódicos locales.

Era una excelente costurera y con papel crepé una verdadera artista. Hacía rosas que eran un símil de la belleza y en las noches un extraño poder la embriagaba. Decía sentir un calambre en la mano derecha y una fuerte sensación que la impulsaba a buscar papel y lápiz y sentarse a escribir.

Gustaba de escribir predicciones y decía que un cocuyo era quien le dictaba y que él tenía el poder de anunciar las distintas etapas de la vida. Contaba historias que la acercaban a la idea de la reencarnación y que ella en otra vida estaba casada y tuvo tres hijas que murieron y el matrimonio deshecho.

Blanca decía que en su reencarnación esas hijas eran hoy sus hermanas y lo cierto fue que ella cuidó a sus hermanas hasta que todas se casaran en Mala Noche. Y el cocuyo era la presencia del esposo que venía a verla y le dictaba poemas y predicciones.

Sus ruegos y peticiones las hacía al cocuyo, y  decía que el espíritu de aquel hombre se acercaba en la forma de un cocuyo; pero con los años Evencio guardó todos sus escritos en el rancho, que había estado en pie durante veinte años, y un mal día el fuego lo devoró todo.

Solo unas cuartetas anuncian la presencia de ese misterio, son unos versos tejidos en la trama de la devoción y la quimera ¿Sería esta devoción de amor la que abrazó a Consuelo Álvarez Valdés junto a la laguna de garzas y algarrobos en primavera?

¿Sería esa decisión de romper el silencio el impulso de la sed de belleza para sentir la posesión de otros en uno y sumir el destello de la idea y armar la decisión del tiempo en una predicción de la memoria?

Es el cocuyo el ánima del monte. Es visitación de la esperanza y la inocencia, es el ánima despierta cuando los hombres duermen, y aquel bohío inmenso de paredes con lomos de yagua, sin bisagras en las puertas, donde el gato tenía su catre y el sapo, la sapa y el sapito su plato de esmalte bajo el tinajero.

Allí la mano de Blanca sintió el calambre, el deseo de escribir lo que ya nadie podrá leer.

Esa suerte de anunciación calcinada, esa vasta claridad de un instante que es incisión de recuerdos que vuelven y van a su sitio de partida es evocación a lo humano, al más allá que está en nosotros, que nunca parte, porque es esencia de manantiales, vista desde la casa, que está en la lomita junto al camino que va al Mijial , casa de techo de guano y piso de tierra, la casa cubana, bien fresca y predestinada a la salvación del mundo.

El agua goteará  sobre las piedras que rodean el bohío. El agua en la piedra, siempre el agua cayendo sobre la piedra y el aire fresco que viene del más allá.

El aire frío que abraza este quedarnos, este salvarnos mirando el ánima del monte, el sagrado redentor de la mirada, el que despeja la oscuridad de lamentaciones y nos deja en el claro del buen trillo un bohío sin candados, una casa abierta de par en par.

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Podcast RJ

Amo a la naturaleza - Kevin Díaz.

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