imagen de archivoHace unos años llegó a nuestra tierra calixteña un forastero. Venía con olor a humo de candil y leña quemada con aroma de café, como nosotros; hablaba alto y expresivo, como nosotros ; tenía la mirada noble y sin maldad oculta, como nosotros. Venía en busca de un sueño profesional que lo atrapó desde muy joven; quería y necesitaba un espacio donde cultivar su talento y no se equivocó. Radio Juvenil le abrió sus puertas y desde allí se ganó el cariño y el respeto de todos. Caminó calles y caminos, despertó el diálogo en un profesor o en un campesino, en un deportista o un intelectual, en una anciana o una muchacha, como aquella que le robó el corazón y lo acompañó para el resto de sus días; lo apoyó en cada paso, en cada triunfo y en los últimos meses de su tenaz valentía para enfrentar aquella letal enfermedad y arrancarle unos días a su existencia.
Iraldo Leyva Castro, vino desde tierras lejanas y se convirtió en un hijo más entre nosotros. Nació en cuna humilde, allá en el caserío de La Cejita, municipio de Rafael Freyre. Desde muy joven sintió pasión por el periodismo deportivo, por la historia y por la música. Se inició en el movimiento de corresponsales voluntarios, colaboró con la radio y la prensa escrita. Se hizo narrador comentarista deportivo y brilló en el Rodeo, la Equitación y el Béisbol. Caminó el territorio calixteño en toda su dimensión, siempre con el olfato del buen reportero a cuestas. Tenía tanto talento como fuerzas para no desmayar en busca del tema del momento, del impacto actual. Era un todo terreno, escribía, editaba, sugería y criticaba con verbo fuerte pero sin herir; sabía usar la palabra con la inflexión que cada momento necesitaba, era directo y nunca dejó de buscar lo que el oyente reclamaba. Lo acompañó siempre ese olfato periodístico que no se aprende en la Universidad.
Andubo por Mir, Monte Alto, Malo Noche y Los Moscones; Sabanazo, Padierne o Las Mantecas; San Agustín, Cabezo o Las Delicias; Domínguez, Guayabo o Vista Hermosa. Donde quiera que llegaba era uno más, se ganó el abrazo y la simpatía de todos ; dejó su huella en cada rincón que caminó.
Iraldo transformó en música la historia del municipio, una obra perdurable a la que le puso alma y corazón. Compuso el himno que nos identifica; dejó en estrofas a los Vaqueros del Oeste, al Órgano Oriental. Enalteció desde el pentagrama la obra de tantos calixteños ilustres; mártires, deportistas, maestros, campesinos, intelectuales, obreros; gente de pueblo que forma parte de este pedazo de la geografía cubana.
Un día lo venció la terrible enfermedad y aquel forastero se marchó a la eternidad, pero se quedó para siempre entre nosotros.




