
Hace exactamente trescientos sesenta y cinco días, los micrófonos de Radio Juvenil guardaron silencio. No fue un corte técnico, ni una falla de transmisión, ni el final de un programa. Fue el adios de una voz que, durante años, supo convertir el esfuerzo de los atletas y la pasión de las gradas en una narración que se nos quedó en la piel. Iraldo Leyva Castro ya no está, pero el deporte sigue esperando su palabra.
Quienes lo escuchamos en Radio Juvenil sabemos que no solo relataba partidos; tejía memorias. Con ese tono firme que se quebraba en los minutos decisivos, con esa pausa calculada antes del desenlace, Iraldo nos recordó que el periodismo deportivo no es un oficio de gritos, sino de escucha. De mirada atenta. De lealtad al juego y a la verdad de lo que sucede frente a los ojos. Cada transmisión suya en la emisora juvenil era un puente entre la emoción bruta y la palabra medida.
En tiempos de transmisiones fragmentadas, de voces aceleradas y de relatos que a veces olvidan el juego por el espectáculo, él mantuvo la dignidad del micrófono en Radio Juvenil. No necesitaba efectos ni artificios. Le bastaba con nombrar a los deportistas como quien honra a viejos conocidos, con describir el ritmo de un partido como si se tratara de un latido compartido. Y así, sin estridencias, se ganó la confianza de oyentes que no solo querían saber el marcador, sino sentir el partido.
Hoy, a un año de su partida, el silencio en Radio Juvenil pesa. Pero también habla. Porque su legado no vive solo en los archivos de audio o en las reseñas de prensa; vive en la forma en que una nueva generación de locutores aprendió a respirar antes de narrar un gol, en la manera en que los aficionados aún cierran los ojos y, por un instante, vuelven a escuchar su voz sintonizando Radio Juvenil. Vive en cada transmisión que prioriza el respeto por el atleta, la claridad del relato y la honestidad de la crónica.
Iraldo Leyva Castro no se fue. Solo cambió de frecuencia. Y mientras haya un balón rodando, una pista por correr, una cancha por vibrar y una voz dispuesta a narrar con oficio y corazón, su eco seguirá sonando en los altavoces de Radio Juvenil y en la memoria de quienes lo escuchamos. Gracias, maestro. El micrófono de Radio Juvenil descansa, pero tu palabra, nunca.




