Imagen tomada de InternetComo muchas cubanas , Mariana Grajales se empinó sobre su estirpe de mujer,   no solo porque parió  una tropa de héroes, que dio sin pedir nada a cambio para alcanzar la libertad de la  Patria, sino porque ella misma hizo de su vida un  ejemplo de entereza y dignidad .

Desde el hogar en la manigua redentora  que a fuerza de firmeza y ternura supo forjar ,se consagró  con amor de madre y orgullo de revolucionaria a la lucha por la independencia de Cuba, y allí en el mismo corazón de la Patria, se hizo grande.

Nació el 12 de julio de 1815 en Santiago de Cuba y fue bautizada en la iglesia de Santo Tomás Apóstol. De sus padres José Grajales y Teresa Coello aprendió los valores y principios morales que luego transmitiría a sus hijos.

Desde muy joven vivió inmersa en el sufrimiento de la Cuba oprimida. Le tocó vivir una época de hiriente hostilidad  y de represión. En contacto con el pesar de hombres y mujeres esclavos que permanecían encerrados como animales, en el llamado presidio de cimarrones, no lejos de su vivienda, se fue forjando su amor por la libertad.

Entre 1844 y 1845 inició una relación amorosa con Marcos Maceo, con el que decidió formar una familia de la que nacieron diez hijos. Los primeros fueron: Antonio de la Caridad (1845-1896), María Baldomera (1847-1893), José Marcelino (1849-1896) y Rafael (1850-1882).

Estos fueron bautizados como naturales de Mariana, pues ella y Marcos aún no se habían casado y no fue hasta el año 1851 en que contrajeron matrimonio. Posteriormente nacieron: Miguel (1852-1874), Julio (1854-1870), Dominga de la Calzada (1857-1940), José Tomás (1857-1917), Marcos (1860-1902) y María Dolores (1861). Esta última hija de Mariana y Marcos falleció de empacho gástrico a los 15 días de nacida.

Durante la guerra trabajó en los hospitales de sangre del Ejército Libertador, atendiendo a los heridos y enfermos. En la manigua arreglaba la ropa de los soldados, trasladaba armas y pertrechos a los mambises, daba consejos y aliento a los desanimados, fortaleciendo en los combatientes la fe en la victoria y transmitiendo siempre optimismo, tenacidad y resistencia ante las adversidades.

Así estuvo en pie de guerra durante diez años de encarnizada contienda. Sufrió con valentía los rigores de la vida en campaña y la pérdida de su esposo Marcos y algunos hijos muertos en combate.

Como no recordar  la conocida  anécdota referida por José Martí en su artículo «La madre de los Maceo», cuando en ocasión de llevar a su hijo Antonio muy mal herido, ante el llanto de las otras mujeres exclamó: «¡Fuera, fuera faldas de aquí, no aguanto lágrimas! (…)», y dirigiéndose a su hijo Marcos, expresó: «(…) ¡y tú, empínate porque ya es hora de que te vayas al campamento!».

Demostró Mariana, como nadie, cuánto se entrega cuando se ama una causa: el esposo, los hijos, la propia vida.

Como muchos patriotas, Mariana Grajales marchó al exilio en 1878, luego de realizar los trámites correspondientes para la recuperación de las propiedades embargadas. Se estableció en Kingston, Jamaica, y allí sufrió los rigores de la pobreza y la estrecha vigilancia española que interceptaba la correspondencia con sus hijos prisioneros en España.

En ese lugar estuvo hasta su fallecimiento, el 27 de noviembre de 1893, según el certificado de defunción, emitido por el doctor S. Henderson, a causa del Mal de Bright y congestión pulmonar.

Varias veces José Martí la visitó en aquella casita humilde y alegre, donde seguía soñando con la independencia de Cuba y extrañaba el aire de su terruño. Sobre la pérdida de tan tierna figura, escribió el Apóstol en el periódico Patria, el 12 de diciembre de 1893:

«Con su pañuelo de anciana a la cabeza, con los ojos de madre amorosa para el cubano desconocido, con fuerza inextinguible, en la mirada y en el rostro todo, cuando se habla de las glorias de ayer, y de las esperanzas de hoy, vio Patria, hace poco tiempo, a la mujer de ochenta y cinco años que su pueblo entero, de ricos y de pobres, de arrogantes y de humildes, de hijos de amo y de hijos de siervo, ha seguido a la tumba, a la tumba en tierra extraña. Murió en Jamaica el 27 de noviembre, Mariana Maceo».

Antes de morir, Mariana pidió que una vez que Cuba fuera libre, sus restos se trasladaran a su tierra natal para tener descanso eterno. En cumplimiento del último deseo de la patriota, en la década de los años 20 del pasado siglo, el Ayuntamiento de Santiago de Cuba promovió su traslado a la patria.

Los restos fueron luego trasladados hasta la ciudad de Santiago de Cuba en el crucero Baire, de la Marina de Guerra. El día 23 los depositaron en capilla ardiente en el Salón de Sesiones de la Cámara Municipal o Ayuntamiento, donde el pueblo cubano le ofreció su último adiós a la consagrada patriota, hasta ser sepultados con merecidos honores en el cementerio de Santa Ifigenia.

 


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