Donantes voluntarios de sangre asistentes al acto provincial celebrado en Calixto García en reconocimiento a los resultados de esta tarea. Foto tomada de ahora.cuSalió temprano en la mañana. Su familia esperaba que regresara pronto, pues era un día especial. A cierta distancia un hombre un poco mayor lo esperaba. Se estrecharon las manos y acto seguido el motor del auto se puso en marcha.
En los primeros minutos de la jornada laboral llegaron a un centro que exhibía una meticulosa limpieza. Entraron a una pequeña habitación. El olor a alcohol les invadió la nariz, mientras la sangre comenzaba a fluir desde las venas del más joven. Una leve sonrisa de alegría, satisfacción, alivio se dibujaba en el rostro del acompañante, hasta entonces serio y hasta pensativo.
Al salir del centro el joven fue tratado por su compañero de viaje como un amigo de muchos años. Le preguntó qué deseaba, qué quería, que pidiese lo que fuese. Sin embargo, el joven no aceptó pago alguno y tras una larga conversación y dada la insistencia consintió una cerveza.
Volvió a casa tarde. Apenas tuvo tiempo de compartir con los amigos que lo esperaban en su trabajo. Le habían “quemado” el teléfono, como se dice popularmente, por la demora. Casi no pudo conversar con su papá que había venido desde muy lejos solo para verlo en el día de su cumpleaños.
Pero él volvió feliz. Se sentía satisfecho. No lamentó haber hecho a un lado el festejo y en su lugar haber pasado el día entre algodones olorosos a alcohol, enfermeras, jeringuillas. Cumplía 25 años y lo había hecho contribuyendo a salvar una vida.
Aquel hombre no era su amigo. Apenas lo conocía. Era un hijo desesperado que buscaba una transfusión para una operación que su padre requería con urgencia y que por su tipo de sangre era difícil encontrar.
No digo el nombre del héroe, sí, porque quien salva una vida es un héroe, para con esta historia reconocer a esos tantos héroes anónimos que cotidianamente extienden su brazo para salvar una vida.