No había cumplido los diecinueve años de edad cuando balas asesinas troncharon la vida del maestro voluntario Conrado Benítez García solo porque marchó al Escambray a llevar luz y esperanza a los pobres de la tierra.
Hacía apenas un año del triunfo de la Revolución y el joven dijo que sí que marcharía donde le hiciera más falta a la Patria, esa que vió, niño aún, pobre y negro por demás, explotado y discriminado y que no dudó ahora en colaborar para que la cartilla y el farol alcanzaran a los que malvivían en bohíos y regiones intrincadas de Cuba.
Hijo de una numerosa familia humilde, Conrado no había culminado aún el bachillerato cuando se incorporó ante el llamado urgente para suplir la carencia de educadores en un país con más de un millón de analfabetos y bajos niveles de escolarización.
Era un día como hoy, hace 60 años: el macizo montañoso del Escambray, testificaba aquel crimen: el maestro voluntario era apresado y asesinado junto por alzados contrarrevolucionarios, financiados por el gobierno de los Estados Unidos.
Conrado solo llevaba consigo ese día, sus pertenencias personales, un libro de Anatomía, uno de Matemáticas, uno de Composición y algunos regalos para los colegiales que, inquietos, le esperaban cada día en la finca San Ambrosio. Su mayor interés era combatir la incultura de la población cubana.
En el campamento El Meriño, cerca de Minas del Frío, Sierra Maestra, recibió su preparación y ya en el mes de septiembre fue ubicado en la localidad de Pitajones, Trinidad, donde en una improvisada aula reunió cada día a los niños y en las noches a los mayores. Allí se integró a la comunidad y ganó el afecto de los campesinos a quienes ayudó en sus labores.
¿Y de dónde procedía Conrado? Al igual que otros niños pobres, se ganó la vida como limpiabotas, y cuando llegó a la adolescencia, laboraba de madrugada en una panadería, para ayudar al sostén de la familia. Mientras, por el día, se superaba culturalmente con mucho sacrificio. Era un joven serio y honrado.
Cuentan que tras su llegada al Escambray, y con la ayuda de varios campesinos, Conrado alistó una pequeña tienda de tablas y techo de tejas como un aula donde alternaba las clases de los niños y niñas por el día, con las de los adultos por las noches. Allí, entre las montañas del Escambray, fue asesinado este joven por llevar luz, aliento, ánimo, optimismo a los que vivieron siempre en la penumbra.
Su vida sirvió de ejemplo a los cien mil jóvenes estudiantes que engrosaron las Brigadas "Conrado Benítez" y fueron la fuerza fundamental de la Campaña de Alfabetización realizada en toda Cuba el propio año de su muerte.
Al conocer nuestro poeta Nacional Nicolás Guillén del asesinato de Conrado Benítez lo retrata en versos, y lo define, como el “maestro, amigo puro, verde joven de rostro detenido”.
Hoy el ejemplo de Conrado Benítez se ha extendido como la llamarada que no descansa. Miles de jóvenes forman parte de la hornada de educadores cubanos que en las aulas forman a las presentes y futuras generaciones y dan su aporte solidario a otros pueblos necesitados de dejar atrás las sombras de la ignorancia, la incultura.