Nicolás Guillén lo bautizó como "El General de las Cañas". Y este no era solo un epíteto, pues Jesús Menéndez Larrondo tuvo desde muy corta edad el bautizo del sol y los cañaverales.
Seguramente la dulzura no se le antojaba a quien las plantaciones cañeras se convirtieron en fuente del sustento familiar tras el fallecimiento de su madre.
Justamente porque conocía la precariedad de la vida de los macheteros se convirtió en guía, en líder de los trabajadores del Central Constancia. Su quehacer se consagró a la lucha por mejorar las condiciones de trabajo para quienes día a día impulsaban la producción azucarera. En esas lides sindicalistas conoció a Lázaro Peña, a quien acompañó en la fundación de la Central de Trabajadores de Cuba.
Su dedicación motivó la confianza de los trabajadores azucareros. De ahí que ratificaran a Jesús en disímiles ocasiones al frente de su sindicato. Defender los derechos de los que, como él, consagraban su vida a los centrales, la caña, el azúcar, fue su objetivo, el mismo que se convirtió en razón de ser de la revista "Azúcar", fundada por él.
Las vacaciones pagadas y el acceso de las mujeres a la maternidad obrera estuvieron entre sus principales conquistas. A estas se unieron el Diferencial Azucarero, la Caja de Retiro Azucarero y la Cláusula de Garantía, beneficiosas para la economía y el ingreso familiar de los trabajadores.
Su carácter indomable, era considerado una amenaza. Por eso el gobierno de Grau quiso silenciarlo. La estación de ferrocarril de Manzanillo fue testigo de su asesinato y su sepelio constituyó una impresionante muestra del sentir popular.
Y es que aquel hombre de tez oscura, bañado por el sol, había heredado el filo cortante de las hojas de los cañaverales y el dulce del pequeño grano.