Eran jóvenes. Traviesos. Ocurrentes. Tal y como lo es cualquier estudiante universitario de la actualidad. Pero ninguno de ellos imaginó que las acciones de aquella tarde les costaría la vida justo cuando iniciaban los estudios de Medicina.
La avidez por el conocimiento los condujo al cementerio, pues ante la ausencia de su profesor decidieron apreciar una clase de disección. Algunos recorrieron los terrenos del camposanto. Otros tomaron el carro en el que se trasladaban los cadáveres. Mientras uno no hizo más que cortar una flor de las que crecían en el recinto.
Eso fue todo lo que aconteció en el cementerio. Sin embargo, el vigilante aseguró que los jóvenes habían rayado la tumba de Gonzalo de Castañón. Ante tamaña acusación se buscó venganza, no por lo ocurrido en el cementerio, sino para que sirviera de escarmiento a una Cuba rebelde que se encontraba en pie de lucha.
En la ferocidad del ataque insensible, los futuros galenos fueron sometidos a juicio. No una, sino dos veces, pues mucha era el ansia de los voluntarios por derramar sangre criolla, cubana; mucho el odio contra el pueblo que había decido trazarse su destino fuera de la sombra de la metrópoli.
Por eso no se contentaron con sentenciar a muerte y de forma injusta a los cuatro que habían jugado con el carro y al que había arrancado la flor. A ellos sumaron otros tres escogidos al azar.
Con las manos atadas y portando un crucifijo entre ellas los condujeron a la explanada de la Punta, donde fueron entregados a la muerte. Para mayor humillación sus partidas de defunción no fueron asentadas hasta dos meses después, como si con ello se pudiera borrar la ignominia de aquel 27 de noviembre de 1871, en el que el odio y la sed de venganza pudieron más que la justicia.
Ese día fueron arrebatados sus futuros a ocho estudiantes de Medicina. Ese día ocho vidas fueron truncadas justo en la flor de la juventud. Pero aquel día nacieron al unísono ocho ejemplos de la atrocidad que puede cometer un régimen en decadencia, al sentirse asfixiado. Por eso Alonso, Anacleto, José, Ángel, Juan, Carlos Augusto, Eladio y Carlos no fueron olvidados y el lugar en el que se les arrebató la vida fue marcado por y para la historia.