Muchos días de espera, la multitud enardecida se abría paso para darle la bienvenida a los héroes de carne y hueso, barbudos que sin sacudirse el polvo del camino irradiaban esperanza a lo largo y ancho de una nación harta de atropellos.
Autos, camiones, jeeps, transitaban cargados de libertad labrada a coraje por parte de unos pocos hombres que no cejaron en el afán de alcanzar el anhelo de miles de hermanos que habían ofrendado su vida.
La estampa habanera de aquel 8 de enero de 1959 sería la de una ciudad bañada de pueblo, un despertar glorioso que trascendería la frontera de una isla para iluminar a todo un continente, la verdadera América para los americanos.
Las principales calles se engalanaron colocando banderas cubanas y del 26 de Julio en comercios y viviendas. Así se dispuso para que todo el pueblo pudiese dar una calurosa y hermosa bienvenida a Fidel Castro y los barbudos de la Sierra Maestra.
Esta vez el golpe era de ideales, de sueños, de Revolución, triunfaba la verdad, esa historia que absolvería al líder de la gesta más descollante en territorio de humildes, triunfó para ellos y para el bien de todos.
No fue necesario un ejército de rebeldes para abrirle el paso entre la multitud a Fidel, como alguien le había sugerido al comandante, él se lo pidió al pueblo y atravesó solo por la senda solicitada, una escena que conmovió a miles de cubanos.
Acontecía el primer paso, el primordial para despegar una era de programas, construir el desarrollo de una sociedad justa, defender los valores humanos que nunca antes habían sido dignificados, la obra apenas comenzaba.
