Monumento a Maceo en la ciudad de Holguín.Fueron los frondosos mangos de Baraguá los testigos de uno de los episodios más trascendentales en la historia del pueblo cubano por su independencia. Un criollo de estirpe y temple de acero fue el protagonista.
Mucho se ha escrito sobre los acontecimientos que sucedieron el 15 de marzo de 1878. Habían trascurrido diez años de dura batalla contra el yugo colonial español, y no se avizoraba una salida triunfal para las fuerzas mambisas.
Desde meses antes, líderes insurrectos en el centro de la isla eran persuadidos y convencidos por sus adversarios de llegar a un pacto que pusiera fin a la beligerancia, es decir, una paz sin independencia.
El diez de febrero firmaban ambas partes el Pacto del Zanjón que proponía el cese de las hostilidades sin que España reconociera la anhelada emancipación de los cubanos. De los acontecimientos no participaba el más valeroso de los soldados, Antonio Maceo, quien en su condición de jefe del mando oriental permanecía en esa zona librando combates.
Cuando Maceo es enterado del pacto, acordado por sus camaradas sin su anuencia, decide convocar a una entrevista al jefe rival para hacerle saber su desacuerdo.
El criollo, el bravo guerrero que al decir de Martí tenía tanta fuerza en la mente como en los brazos, protestaba y dignificaba a la patria. Meses después cesaban en definitiva las hostilidades. Cuba seguía siendo la colonia más rica de España, pero en lo adelante, la Protesta de Baraguá iluminaría los nuevos caminos hasta la victoria final.
