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Oportunidades, seguridad, realización, equidad, así podríamos resumir lo que la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) ha ofrecido a las féminas de nuestro país en estas casi seis décadas de existencia.

Pero la FMC no ha sido solo espacio para el crecimiento femenino. También ha sido escenario para que ellas protagonicen los más disímiles momentos. Así nos relató Irma Aguilera, poco antes de su muerte: “Hicimos trabajo donde quiera que nos mandaban. Teníamos una brigada de madres y nos llevaban a las cinco de la mañana a trabajar al Cocal, a San Andrés. Íbamos a recoger café. Íbamos a donde quiera que nos necesitaran”.

Con ese mismo ímpetu de aquellas mujeres de la génesis, las de la actualidad asumen nuevos retos, que van desde el trabajo comunitario: “Visitamos las casas donde hay problemas como el alcoholismo, casos sociales, hacemos diversas actividades”, dijo una de Guaramanao, mientras una de La Monja, agregó: “Siempre están activas para el trabajo voluntario, para lo que se necesite ahí está el apoyo de todas”.

Sin embargo no se contentan con eso. En la producción de alimentos también son punteras, tal y como refiere Martha Pérez Hidalgo, presidenta de la brigada FMC – ANAP (Asociación Nacional de Agricultores Pequeños) de la Cooperativa de Créditos y Servicios Julio Sanguily: “En ellas siempre está la presencia de la mujer. Ahí en la cooperativa hay unas cuantas que son socias, propietarias de fincas. Si tenemos el esposo va ahí incluido, pero también tenemos mujeres de la comunidad que se suman al trabajo”.

Al escucharlas podríamos preguntarnos si la jornada de estas féminas supera las 24 horas. Las encontramos en su rol de trabajadoras, madres, esposas; en el hogar, el campo y hasta en los puestos menos pensados. ¿Cómo lo logran? Al respecto Kenia Quevedo, dijo: “Cuando hay amor, dedicación por lo que se hace no sacamos conclusión del tiempo. Lo importante es la actividad por la que vamos a luchar, las cosas por la que vamos a tratar de ser mejores cada día”.

Por su parte, Martha, desde su experiencia en las labores agrícolas, asegura: “Es como hacer un plan de trabajo. Por la mañana hago el desayuno, llevo a los bebés a la escuela y me incorporo. Mientras se cocina el frijol hago otras cosas, alimento los animales, visito el sembrado de tabaco o a recolectar alguna siembra. Llegamos juntos a almorzar y de ahí nos volvemos a ir hasta por la noche”.

De eso se trata. De ponerle amor a todo lo que se haga. De creer en la obra que se construye. Y es que no puede ser de otra forma. Ellas son conocedoras de la historia que las precede. Son dignas herederas de toda una estirpe de guerreras que demostró que la voz de la mujer se alza para ser escuchada, para aportar, para demostrar que en todo sitio donde estén las cubanas siempre se podrá ir por más.

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