Los fumadores no esperan que nadie les lleve el cigarrillo. Ellos mismos lo buscan. Por lo general el primer contacto entre este asesino silencioso y sus futuras víctimas ocurre en edades tempranas. Los motivos de este acercamiento son disímiles.
Una señora me confesó que había sido por “monería”, pues “veía a los demás fumar y quería probar”. Otra tuvo un motivo similar, puesto que asegura que “por llevarme por los demás del grupo, para no ser menos”. Al mismo tiempo otras recurrieron al cigarro como una opción para superar una situación tensa, según me dijo Oilda: “Comencé a fumar por los nervios, para sedarme”, mientras Carmen cuenta: “Fue una sugerencia de mi papá. Yo era muy gorda y él me dijo que fumara para que bajara de peso”.
Moda, medio para relajarse, encajar en un grupo social, lograr amistades suelen ser algunas de las razones que más se esgrimen al buscar una razón para llevarse un cigarro a los labios por primera vez, pero siempre será válido un momento de reflexión antes de hacerlo.
Pese a ello, los fumadores reconocen, al contemplar sus vidas y los efectos que en ellas ocasiona, que el humo ingerido a diario solo les trae perjuicios. “Yo sé que eso no trae nada bueno. Me da mal olor, mancha las manos. Cuando no fumo me pongo como loca. Sé que es malo, pero no puedo dejar de fumar”, comenta Elena, con un poco de vergüenza. Por su parte, Oilda sostiene que “es terrible. Yo le digo al que no fuma que nunca coja ese hábito tan perro”.
Es por ello que desde su experiencia aconsejan a quienes no se han iniciado en este camino que no lo hagan, según expresó Soliris: “Yo habló con la juventud. Le aconsejo que no empiecen a fumar, porque solo trae cosas malas. Uno se huele y la ropa huele a cigarro. Le puede dar mal aliento y trae muchas enfermedades, como es el caso de mi esposo que consume hasta dos cajas diarias y ya el médico le dijo que sus pulmones están muy dañados”.
Se sabe que es difícil desprenderse del cigarro por la dependencia que provoca. Que requiere mucha fuerza de voluntad, nadie lo duda. Quererlo es el primer paso. Eso lo supe a través de Joanqui:
“Yo fumaba desde los 14 años. Empecé por embullo de los muchachos. Pero lo dejé hace como dos años porque tuve un niño y el humo le estaba haciendo daño. Además, me estaba afectando la economía. Ahora veo que fumar no trae ningún beneficio”.
Un mundo sin humo es posible. Hoy puede ser un buen día para cerrarle la puerta. No permita que el cigarro se fume su vida y la de quienes lo rodean.