Locales

campesinosLo campestre me viene de raíz. No es un injerto. De niña lo abonaron mis abuelos y sus historias cotidianas. Quizás por ello me encuentro tan cómoda en el surco, al lado de quienes decoran sus días con arados, azadones o machetes, aunque a algunos de mis colegas les resulte extraño escucharme hablar de planes, producciones, ganadería o contratación.

Es que, a ciencia cierta, algunos periodistas prefieren “pelar la guásima” si de agricultura se trata. No puedo negar que en algún momento quise quedarme en la guardarraya, pero luego de recorrer las formas productivas e intercambiar con hombres y mujeres que inician sus jornadas mucho antes de que el sol extienda sus primeros rayos, se convirtió en mi cobertura preferida.

Así conocí a Mirelda, a quien ni el fuego, ni la pérdida de su hogar, junto el tabaco almacenado, la hicieron desistir en su empeño de cultivar la tierra. Ella, junto a su esposo Fidelito, como todos lo llaman en la CCS Cándido González, demuestran día a día que la constancia es el mejor camino para el éxito. Tal es así que esa cooperativa es una de las de mejores resultados si en materia tabacalera se habla.

Y qué decir de Carlos Manuel, el muchacho de la “Sabino Pupo” que ha guardado para luego sus títulos universitarios en Derecho y Economía para dedicarse a producir alimentos y a cuidar a su padre postrado. Él asegura que es una satisfacción inmensa saber que lo servido en la mesa de otros salió de sus manos.

De esa misma forma me encontré con Alexander y su esposa Isabel, dos jóvenes que no creen en obstáculos, ni en sequía para hacer que crezcan sus planes productivos, al tiempo que inculcan ese amor a su descendencia, al punto de que el más pequeño ya casi disputa la montura con papá.

También supe de Iliannis, Celia, Miriam y otras tantas mujeres que diariamente se desdoblan entre los difíciles roles de madre, esposa y agricultura, sin permitir que plaga alguna invada los espacios donde se desempeñan.

Sus conocimientos no lo adquirieron en más universidad que la experiencia diaria. A partir de ese trabajo de campo son capaces de impartir la más magistral de las conferencias. En definitiva, ¿en qué centro de altos estudios enseñan que lo que crece debajo de la tierra se siembra en Luna Nueva y lo que crece encima en Cuarto Menguante?

De esta forma, yo no quiero “pelar la guásima”. Quiero continuar hablando de la moringa, la morera o la tithonia, preguntando por el paquete tecnológico y reconociendo a todos esos productores humildes que de sol a sol fertilizan la tierra con su sudor.

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