Carteles, consignas, banderas ondean, son dibujadas en vallas, cercas, papeles, telas. Los más disímiles materiales se convierten en el soporte idóneo de las ideas proletarias. En los centros laborales se escucha el murmullo, la planeación de las estrategias, de los colores a vestir, de los lemas a portar. Todos quieren hacer sentir la presencia de su entidad o institución.
Así llega el gran día. El momento de materializar todo lo pensado y que sería imposible sin todas las conspiraciones ya mencionadas. Entonces es como si amaneciera más temprano. El ajetreo se acrecienta, los bloques se fusionan en una compacta construcción humana. El rojo, el azul y el blanco encuentran la primacía entre la amplia gama de colores.
Pero no solo marchan los trabajadores. A su lado se encuentra la esposa, la familia, los niños. Surgen imágenes tan representativas como la del padre con el niño en su cuello, mientras el pequeño porta la bandera cubana. Y precisamente esa es otra protagonista: nuestra enseña nacional. Grandes, pequeñas, de tela, de papel, pintada en un pulóver o en una gorra, pero ahí está, como para recordar que muchos son los hijos que ha acogido bajo su sombra.
Junto a la tricolor emergen en lo más alto las imágenes de aquellos hombres que supieron iluminar y guiar la senda por la cual transitan los nacidos en esta Isla. Las ideas de Martí, la fuerza de Fidel, el ejemplo del Che, la delicadeza y la valentía de Celia y Vilma, por solo mencionar algunos, vuelven a colocarse a la vanguardia.
Los cubanos marchamos y a nuestro lado se unen amigos de otras partes del mundo. No vienen a ser turismo o a hurgar en lo que nos queda por perfeccionar. Vienen a conocer una realidad que muchas veces les es negada o tergiversada. Quieren ver con sus propios ojos una marcha que no protesta, ni corre el riesgo de ser masacrados como en Chicago. Quieren ver una manifestación que se convierte en vocera de un proceso social y de los logros de un país.
Por eso, como cada año, este primero de mayo volvemos a madrugar, a portar carteles. Volvemos a la plaza y marchamos para demostrar nuestra principal fortaleza: la unidad; una unidad espontánea, sentida y que se convierte en compromiso inquebrantable para alcanzar la victoria.