La mirada de los duendecillos inquietos con los que se cruza a diario la transporta a un lugar especial. Volvió a vestirse de rojiblanco. Al cuello el azul que la comprometió a estar siempre alerta, sin dejar de correr, de cantar, de hacer mil chiquilladas. De travesura en travesura el azul se convirtió en rojo y la guía de Fidel la llevó adelante.
Vinieron los días de campamento, las actividades en la campiña pioneril. Se convirtió en pionera exploradora y a medida que ascendió las elevaciones cercanas a su escuela, subió las elevaciones de la vida. En el bolsillo o en el cuello de su camisa escolar emergió el distintivo que recuerda las listas de la bandera y la firma del Che.
Ahí estaban las escuelas al campo, la recogida de naranjas, la azada o el autoservicio. Los pasillos, las escaleras, los bancos se convirtieron en testigos de sus esperanzas, nostalgias e ilusiones. De a poco ha edificado sueños y planes.
Está consciente de que el futuro le pertenece. Será ella la encargada de estudiar, trabajar, pero también, si fuese necesario, de tomar el fusil. Es la heredera de una tradición heroica, preñada de gloria y bautizada por la sangre de muchos jóvenes como ella. Se sabe en la vanguardia de una nación.
En sus ojos la emoción, los recuerdos imborrables de haber sido pionera, la huella indeleble de las experiencias y enseñanzas de una organización que lleva de la mano el cultivo de una persona mejor con la algarabía propia de la infancia.
También en sus ojos y en su mente el reto de ser joven en este tiempo, de protagonizar el momento, pero sobre todo la necesidad de aunar, pues es partidaria de que es preciso atraer a todos sus contemporáneos, más allá de un documento. Esta es nuestra historia, quizás no la de una, sino la de varias generaciones. Esta es la historia de una juventud que fue pionera y hoy se prepara para ser relevo. Y es que también los jóvenes, siempre niños, deberían unirse para ver a quien, desde su sitio, pueden hacer algún bien, todos juntos.
