Instructora de arte del municipio de Calixto García junto a niños de una comunidad rural. Foto: AleagaEl amanecer de 1959 no solo trajo consigo la llegada de un nuevo año. Con él descendieron de las lomas jóvenes barbudos cargados de sueños. El nuevo calendario estaría preñado de transformaciones, de cambios dirigidos a beneficiar a los cubanos todos, sin distinción de raza, sexo o poder adquisitivo.
Así se materializaron una serie de programas dirigidos a elevar la calidad de vida de los cubanos. Por eso la educación y la salud se convirtieron en el primer paso del naciente proceso. Se les sumarían en lo sucesivo otros con el fin de fomentar la cultura, ayudar a los más necesitados y contribuir a solucionar las dificultades, no solo en el orden material, sino también espiritual.
Médicos, maestros, instructores de arte, trabajadores sociales comenzaron a inundar cada sitio de la geografía cubana, sin importar cuán remota fuera. El ímpetu de los más jóvenes los convertía en protagonistas y hoy, a casi seis décadas de iniciados los cambios, se mantienen en sus puestos. Ese es el caso de tres féminas que encontré en el barrio de Las Calabazas. Una doctora, otra instructora de arte y la tercera maestra.
Con su bata blanca llega cada mañana al consultorio. Vive en Holguín y diariamente se traslada hasta este barrio al que atraviesa la carretera central. Para ella es precisamente ese viaje diario la mayor dificultad de trabajar en una zona rural.
Pero eso no hace que cambie su carácter. La dulzura que anuncia su voz es la que reciben los pacientes, sobre todo si se trata de un niño. Y con esa misma paciencia se dirige a quienes, en ocasiones, pretenden engrosar su botiquín personal y piden recetas por complacencia, porque “eso es parte de iniciar el trabajo en un área de salud nueva. Hay que educar a la población, hacerles conciencia de que las recetas solo se dan en caso de alguna patología”.
Dentro de sus prioridades ubica la atención materno-infantil, para lo que se han organizado para evitar complicaciones en ninguna de las etapas. A ellos se une la atención a las personas de la tercera edad y el seguimiento de las patologías de la población a través del terreno: “aunque por las propias características del lugar, que tenemos pacientes a tres y cuatro kilómetros, no podemos hacerle terreno todos los días, nos programamos y tratamos de llevarlo a cabo. Tenemos también los terrenos a los pacientes que los necesiten, fundamentalmente como los adultos centenarios o mayores”.
Casi al despedirme le pregunté por sus planes, sus proyectos, a lo que respondió sonriente: “mantenerme trabajando aquí en Las Calabazas y terminar mi residencia”. Así me despidió cuando ya se preparaba para atender a un pequeño que había llegado con fiebre. No, no lo he olvidado, ella es Claudia González del Toro, la joven doctora de Las Calabazas.
Después de escuchar esta historia decidí llegarme hasta la escuela primaria, un centro modesto, pero que ha sido la génesis de muchos profesionales. Allí encontré bajo un árbol y rodeada de niños a Yailén Arévalo Díaz. Ella es instructora de arte, egresada de la cuarta graduación, quien realizaba un taller con sus alumnos. Por eso la conversación inició por el hecho de pertenecer a este programa.
“Jugamos un papel protagónico en la sociedad, ya que los instructores de arte en cada escuela y en cada comunidad impartimos talleres de apreciación y creación con los niños y aficionados al arte”.
Su vínculo directo con esa parte intangible que constituye nuestra sociedad los convierte en verdaderos guerreros que enarbolan la cultura como espada y escudo de la nación. Entonces quise conocer cómo hacen para lograr su preservación ante los elevados volúmenes de información que hoy circulan y se consumen en nuestro entorno: “trabajar las raíces y enseñar el valor de las tradiciones cubanas. Contribuir a la formación en ellos del gusto estético”.
Pero su quehacer no se circunscribe a la escuela. Esta se convierte en el principal centro cultural de la comunidad e irradia sus alrededores. Al respecto Yailén cuenta que “hacemos muchas actividades, conmemoramos las efemérides más importantes. También nos insertamos en espacio como las rendiciones de cuenta, donde mostramos lo que hacemos desde la escuela”.
Un poco más allá, en un aula, se escucha una voz que responde a las preguntas infantiles que no cesan. Es el aula de segundo grado y la voz pertenece a Dainé Pupo Ramírez, la maestra, quien después de unos minutos y aunque algo tímida accede a conversar.
Proviene del programa de formación de maestros primarios y declara amar su profesión. Por eso a lo primero que se refiere es a la preparación, uno de los retos constantes de nuestros educadores: “debemos prepararnos, estudiar primeramente antes de llegar al aula. Para autoprepararnos debemos tener la base para luego preparar las clases. Todo el tiempo el maestro debe estudiar. El maestro no deja de estudiar en ningún momento”.
Educar es una labor de infinito amor, pero que también exige mucha abnegación, por lo que se impone conocer sobre lo difícil que puede llegar a ser: “es muy difícil. A veces es más complicado el trato con los padres que con los niños, pero con cariño, paciencia y mucho trabajo se logra lo que queremos”.
Aparejado a las transformaciones de la sociedad y de los individuos llegan los retos para la educación y me intereso por los que identifica esta joven maestra: “lograr que los niños aprendan y que lleguen a ser jóvenes revolucionarios. Mis primeros alumnos ya son maestros, otros estudian medicina y cuando los veo me siento realizada porque mi trabajo está dando frutos”.
Así me despedí. A mis espaldas quedaba la intranquilidad de los niños, el roce de las sillas en el piso. Conmigo llevaba las historias de estas jóvenes que contribuyen desde el puesto que le corresponde a cada una a que los proyectos, los programas creados hace casi seis décadas continúen siendo una carta apostada en pos del beneficio social.
