Foto: cortesía de la entrevistadaTras la ausencia vuelve a desandar su barrio, a tener el abrigo de su hogar en Las Calabazas. Se le ve salir de manos con su esposo o acompañada por sus padres. Todavía no viste su bata blanca, pues aprovecha unos días de merecido descanso.
Odannis Colón Ávila es una joven risueña, con gran facilidad de palabra, aunque en ocasiones se empeña en decir que le da pena, sobre todo si tiene que hablar de sí misma. Así fue cuando le pedí que me contara sobre su reciente experiencia en Venezuela, de donde acaba de regresar después de prestar su colaboración como Especialista en Farmacia.
Por fin acepta. Me cuenta que llegó a tierra venezolana en septiembre de 2015, momento en el que la asignan al estado de Guárico, conocido como el corazón de Venezuela porque es el centro del país. “Me correspondió el municipio de Camaguán, donde estuve seis meses. Luego me trasladaron para el territorio de San Juan de los Morros, capital del estado y donde estuve el resto del tiempo”.
Quiero saber sobre la llegada, la adaptación, el “gorrión”, como dicen los cubanos, que aflora cuando estamos lejos de casa. Con los ojos aguados y la voz entrecortada por momentos confiesa que “todos los cubanos pasamos por unos momentos difíciles, pues los primeros días son terribles. Uno está solo, llega a un medio totalmente diferente, puede que no tengas la acogida que esperabas.
“A la soledad se une la añoranza de estar en casa y de todos los tuyos que dejaste en tu país. Se vuelven interminables las horas, esa primera noche, esa primera semana, hasta que uno se va acostumbrando de cierta forma, porque el menos no se quita, está presente durante todo el tiempo. Y así me fui adaptando a las diferencias”.
Como parte de su trabajo en la policlínica de Buenaventura, en la cabecera municipal de Calixto García, Odannis tenía la experiencia de la relación con médicos y enfermeras cubanos. Ahora, una vez llegada a Venezuela, debió interactuar con los médicos venezolanos:
“Es una dinámica diferente. Ellos trabajan de manera distinta a como lo hacemos nosotros, desde una perspectiva diferente. Nosotros somos muy trabajadores. Nuestros médicos y enfermeras tienen mucho dominio de toda la población, de los grupos pesquisados en los barrios. Allá ellos estaban comenzando ahora la pesquisa. Están tratando de implementar el mismo trabajo que tenemos en Cuba, pero todavía falta”.
Vivir durante dos años en la patria de Chávez le permitió convertirse también en testigo de acontecimientos, rutinas, prácticas de la vida cotidiana y de esa sociedad: “Venezuela es un país muy rico, tiene muchas riquezas naturales. Hay muchas personas buenas, pero no dejaba de asombrarnos algunos actos de violencia. Nosotros no estamos acostumbrados a ver a la policía con armas grandes. Los nuestros andan con armas pequeñas y apenas se dan casos donde es preciso que las saquen. A nosotros nos impresionaba ver esas cosas, sobre todo cuando llevaban a algún recluso a recibir nuestros servicios médicos”.
No puede faltar la interrogante sobre la experiencia y cuánto le aportó. Sin dudarlo afirma “aprendí de lo vivido. Se aprende mucho, a querer más lo que se tiene. Allá me sentía orgullosa de decir yo soy cubana, tengo mi isla que es tranquila, que hay salud, educación. Esa es la parte que te enorgullece de estar lejos de tu país y representarlo”.
Sobre el regreso, con brillo en sus ojos y emocionada comenta: “llego aquí con el deseo de seguir trabajando, de estar con los míos. Continuar esforzándome y ayudar a todo el que lo necesite”. Mientras, extraoficialmente, me cuenta que a ahora comienzan los planes para alcanzar lo más anhelado: convertirse en madre.
