Jose_Alberto_Garcia_pomboFoto: Yanelis MartínezLas hojas del árbol de la vida se desprenden al unísono con los días, los meses, los años que va dejando atrás en el calendario. Sonríe con la jovialidad de un niño y asegura que una novia no le vendría nada mal, pues siempre es bueno estar acompañado por una mujer.

Así me recibió José Alberto García, el más longevo de los pobladores del barrio Las Calabazas, quien acaba de cumplir 104 años. Su paso se ha hecho más lento, pero eso no le impide que salga a recorrer su barrio. Sigue el sentido de la carretera central, llega hasta el círculo social y luego regresa pacientemente. Asegura que si ya no lo hace tan asiduamente es porque ya no se gobierna, que lo hace una pierna que desde hace algún tiempo se niega a responderle como él quisiera.

Sin embargo no es suficientemente impedimento para que aún se preocupe por mantener la limpieza de su patio y su finquita, donde tiene sembrado yuca, plátano, guineo, café, naranja, guayaba, ciruela. A ello suma su pasatiempo preferido: jugar dominó. Por eso busca compañero de juego y añade entre risas que es difícil que alguien le gane.

Cuando le pregunto cuál es la fórmula para alcanzar esta edad me mira y con la experiencia de quien ha vivido muchos años afirma: “Vivir, mija, tranquilo, no coger lucha. Ser amigo de todo el mundo y no andar mortificándose”.

Para José Alberto, al que todos en el barrio conocen como Pombo, no hay tesoro más valioso que la familia. Asegura que no hay nada tan importante, tan grande en el mundo como que en este día, el de su cumpleaños, se junte su descendencia para obsequiarle la mayor felicidad.

Conociendo su carácter y su picardía le pregunto por cuánto tiempo nos acompañará. No puede evitar la risa y dice que la meta es hasta los 107, hace una pausa y agrega: “Pero nadie sabe si me embullo hasta los 120”, lo que hace que todos estallen en una carcajada cómplice.

De esta forma Pombo, quien en la nómina de la vida ha alineado una prole de cinco hijos, nueve nietos, 10 biznietos y cuatro tataranietos, se siente dichoso, feliz. Y es que más que haber vivido poco más de un siglo Pombo tiene una riqueza mayor: ha sido útil y ahora su familia lo arropa de amor.

 

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