Foto: AleagaLas elecciones en Cuba antes del triunfo de la Revolución significaban un verdadero negocio. Me contaban mis padres que los interesados en ocupar cargos, y que representaban a los partidos en disputa, recogían cédulas en los barrios a cambio de promesas.
Son conocidas aquellas en que a parientes cercanos les aseguraban el paritorio de las esposas en hospitales a cambio de que colectaran entre las familias las boletas que aseguraban el ser elegido o reelegido, pero que a la postre los que tenían más dinero y eran más pillos se llevaban la tajada. Nada, que poderoso caballero es Don Dinero. Una ganancia porque cuando alcanzaban el propósito se olvidaban de las promesas.
Y qué diferencia. Ahora cualquiera puede ser propuesto en su barrio para ser delegado de circunscripción solo basta el mérito, la capacidad y el compromiso con el pueblo. Nada más.
Por eso, no deberíamos asistir a las asambleas de nominación ni a las votaciones a elegir a un buen tipo, con perdón del lenguaje y la igualdad de género, sino a un tipo especial de ciudadano, además de su pulcritud moral, por su disposición política.
Es menester recordar que a los cargos del Poder Popular no se es elegido para portarse bien sino para desplegar un mandamiento que confía el pueblo con su voto, y que se debe honrar con digna disposición, como demanda el electorado que es en definitiva la gente de cada barrio, de cada circunscripción.
En nuestro país se es elegido para servir, y para ejercer el mandato del pueblo que incluso tiene el derecho a la revocación. Nuestra democracia de ningún modo debiera convertirse en formal como ocurre en muchas partes del planeta. Debe ser protagónica, popular, para gobernar con el pueblo y no para el pueblo.
Ahora en este proceso, que inició hasta el 30 de septiembre en todo el país, se precisa nominar a quienes verdaderamente nos puedan representar en los órganos del Poder Popular, y tener presente la idea de Fidel Castro de que “El poder del pueblo, ese sí es poder”.