Germán Pérez Pupo es un hombre que necesita mucho de su familia para alimentarse, asearse, y realizar otras necesidades perentorias; Germán está a punto de cumplir ciento un año.
Como él hay decenas de ancianos en el municipio de Calixto García que son centenarios o sobrepasan tal edad, muchos de ellos son atendidos por el sistema de atención a las familias, pero en el caso de Germán sus descendientes están muy al tanto de su cuidado.
“Lo admiramos, mimamos como si fuera un niño, es nuestro padre, un hombre humilde, de buen carácter. Ahora tiene casi sordez profunda, y por ello estamos a su lado tres de sus hijas, nos turnamos para alimentarlo, bañarlo, y estar al tanto de sus exigencias”, dice con satisfacción Reina Pérez Pérez, ya jubilada.
Natural de Managuaco, cuentan que a pesar de la pobreza, de trabajar de sol a sol en pedazos de tierras prestadas y que de buenas a primera se apareciera el dueño cuando la cosecha estaba a punto y decirle este que debía retirarse porque había vendido la parcela, a pesar de esos y otros infortunios, nunca se dio por vencido porque había que sostener a sus nueve vástagos.
Su otra hija, Elena, maestra jubilada, pero aún en las aulas, nos cuenta anécdotas de su venerable padre: “Le gusta la décima, y hace aún juegos de palabras, por ejemplo si le pides prestado veinte, treinta, cuarenta, y hasta cien pesos o más él tiene la agilidad de multiplicar las cifras y responderte jocosamente que no tiene ese dinero; algo que satisface porque así lo mantenemos activo y con mucha consideración”, concluye.
Germán tuvo once hermanos más, pero en la actualidad solo Constantino y él están para contar historias. Elsi está también a su cuidado: “Es en mil novecientos cincuenta y cuatro que mis padres se asientan en el barrio campesino de Cuatro Caminos. Cuando triunfa la Revolución le entregan la propiedad de las tierras, dignifica a la familia, y siente una satisfacción inmensa de trabajar, y es así que las convierte en lugar donde prosperan viandas, hortalizas, crianza de cerdos y de ovejos, ¡ahora sí que puedo darles comida gracias a la Revolución! Nos dijo emocionado uno de aquellos días”, expresó.
Me despido de la familia de Germán, un hombre que a pesar de haber extraviado la luz de sus ojos y estar muy limitado para escuchar las voces, puede estar orgulloso de sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos que cada día están a su lado pendientes de su salud, y de algo más preciado, amarlo.