Acto de graduación en la escuela primaria del poblado de Las Calabazas. Foto: Yanelis MartínezLa algarabía era la de siempre. Las voces y risas infantiles se entremezclaban para crear una banda sonora que solo es posible escuchar en las escuelas. El timbre sonó como cada mañana. También como cada mañana los niños se organizaron en la fila correspondiente.
Sin embargo, esta era una mañana especial. La emoción chispeaba en los ojos de estos duendecillos de traje rojiblanco y la alegría se hizo mayor cuando el intranquilo Frank, convertido en un simpático payasito, les deseó felices vacaciones a todos.
Llegaba así el final de otro curso escolar en la escuela primaria Luis Saíz Montes de Oca, el centro que me vio crecer en mi pequeño barrio de Las Calabazas. Pero antes de despedirse hasta el próximo septiembre se homenajeó a los trabajadores, tanto docentes como de apoyo, que más se desatacaron en estos diez meses de trabajo incesante. Adriana, Yamily, Aida Luz se encontraban entre la agasajadas.
Por su parte los pioneros recibieron de manos de sus maestros y padres las notas de las evaluaciones finales de este periodo lectivo que ya termina, al tiempo que la emoción se apoderaba de los presentes al escuchar a la pequeña Keila, de segundo grado, quien musicalmente aseguró ser una niña guajirita y pionera.
Luego llegó el momento de despedir a los que en septiembre vestirán otro uniforme y serán recibidos por otra escuela, aquellos que culminan la enseñanza primaria e inician una nueva etapa en sus vidas. Para ellos, los estudiantes de sexto grado, se encontraban listos los certificados que acreditan haber terminado esta enseñanza y un hermoso libro de cuentos infantiles, cortesía de la Sociedad Cultural José Martí.
Por un momento fue como si volviera en el tiempo. Los recuerdos se agolparon. Quise volver a decir ya sé leer, escribir y calcular. Pasaron por mi mente todos los maestros que desde aquí aportaron a lo que soy. Noté la ausencia del inmenso árbol de tamarindos, testigo de tantos juegos y travesuras.
Me veía junto a quienes recibían su certificado y lamenté que no tuvieran en sus manos La Edad de Oro, ese texto, obsequio ya tradicional en las graduaciones de sexto grado, que nos acerca a ese cubano excepcional que aseguró que “para los niños trabajamos, porque los niños son la esperanza del mundo”.
Entre recuerdos, risas y travesuras infantiles se despidió la mañana. Las aulas se cerraron, pero solo hasta septiembre, cuando se abrirán para acoger en ellas a estos pequeños que continúan afirmando que “esta es mi escuela Luis Saíz, donde juntos estudiamos, donde juntos trabajamos, para el futuro ganar”.
