Gracias a ella llegamos a este mundo. Es el sostén que nunca cederá, el mejor amigo y confidente, el único ser capaz de sacrificar sus sueños para que el fruto salido de su vientre pueda materializar los suyos.
Indagar en cómo las personas perciben la imagen de su madre es todo un suceso que demuestra que, sin dudas, es ese ser magnificado más allá del hecho de darnos la vida.
Una joven de secundaria básica, Danitza, asegura sobre su progenitora “es mi mejor amiga en todo momento. También ha hecho el papel de mi padre, ya que me lo ha dado todo”. Mientras Osmerio, el señor risueño del merendero, la cataloga como “lo más grande que uno pueda tener en la vida. Yo tengo 62 años y aun soy el niño de ella. Me mima en todo lo que me haga falta. Me dice el niño y ya soy un viejo”. Por su parte la señora que encontré en la callé comenta que “lo es todo en la vida, porque cuando uno dice madre es hablar de cuanto existe. Cuando más mal estoy le cuento los problemas, me atiende y me siento fortalecida teniendo la figura materna al lado”. Y mi abuela, mi cómplice y consejera, me confiesa, con voz triste y ojos aguados: “es algo grande. Mi mamá murió en el 2002 y no hay día en que no me acuerde de ella”.
Y no puede ser de otra forma, pues para las mujeres el hecho de ser madre representa un regalo que la vida les ha dado, un punto de giro que a partir de ese momento devuelve a una nueva mujer. Todas aseguran que tener un hijo trastoca sus vidas para bien. “Cuando uno es madre se siente más dulce, más suave”. Este paso también lleva implícito un mayor nivel de responsabilidad, reto que aceptan gustosas, ya que los mismos son parte del resto de las alegrías. “Ser madre lo cambia todo en la vida, pues ya uno no comete las locuras que pudo haber cometido en la juventud y solo piensa en su hijo”.
Entonces sobran razones para homenajear y agasajar a estas féminas que lo entregan todo sin pedir nada a cambio, a no ser, una sonrisa de su hijo. Muchos convierten estos días en un ajetreo infinito, en la búsqueda del obsequio más valioso, sin que se pueda encontrar alguno que retribuya tanto cariño y dedicación. Sin embargo, ellas solo esperan un presente, que se desdibuja en infinidad de aristas, pero que en todas relegan lo material a un segundo plano.
“Yo - me dice una señora- solo quiero que mi hijo esté preparado, que no tenga ningún tipo de problema. Que sea algo bonito aunque no sea un regalo material, que me lleve cariño, un beso, una flor. Esa es la satisfacción de una madre, ver a su hijo bien, feliz”. Danitza, la chica adolescente me asegura “el mejor regalo que yo le puedo dar a mi mamá es darle cariño. Portarme bien con ella”. Y agrega risueña “regalarle como si es una flor de una planta cualquiera, pero el cariño es lo más importante”. El niño ya crecido que presentamos hace un rato no duda en responder que “el regalo más grande que se le puede dar a una madre es el amor y servirle toda la vida, no solo este día. No basta con darle un regalo especial y después portarse mal”. Y mi abuela me dice por lo bajo: “el respeto, no impuesto, sino un respeto lleno de amor. Que me respeten y me quieran, con confianza, tanto mis hijos como mis nietos, que para mí son iguales”.
Por eso en este día tan especial no me resta más que agradecerle a mi mamá, por sus desvelos para que yo duerma, por sus lagrimas para que yo sonría, por sus planes a medias para que los míos lleguen a feliz término. Le agradezco a ella, que de alguna manera es agradecerle a todas las madrecitas, sencillamente, por entregarme su vida.