La Sierra Maestra necesitaba, además de los plomos y las balas, que se escuchara la voz de una mujer. La primera en llegar fue Celia Sánchez quien llevó el perfume y la delicadeza que en tiempos de guerra también son necesarios.

Luego desde la indómita Santiago, curtida con la lucha no menos heroica de los combatientes de la clandestinidad, subía sin temor alguno, con valentía propia, coraje y, sobre todo, con mucha inteligencia y delicadeza pura de mujer, también hermosa y tierna como el rocío y los atardeceres del lomerío, la joven Vilma Espín.

Llegó como una combatiente más, vestida de verde olivo y como cualquier otro soldado recibió misiones, no ya combativas; le tocó el duro trabajo de la retaguardia, en todo ello le sirvió su experiencia clandestina y sus conocimientos de ingeniera.

Fueron las lomas del Segundo Frente las testigos de la dulzura y el arrojo de esta mujer. En aquellos cerros también encontró el amor de su vida, con quien además de su jefe era su compañero, haciendo valedero aquello de que todo gran hombre necesita a su lado una buena mujer.

 Luego del triunfo revolucionario llegaron sus grandes obras como ingeniera, combatiente y revolucionaria, quizás las formulas químicas que aprendió le sirvieron para los proyectos que encaminaría con verdadera magia de mujer.

Ahí están los círculos infantiles y una organización que cada día pondera más a las féminas cubanas. La Federación de Mujeres Cubanas se puede considerar su obra maestra, pero sus destellos fueron mucho más allá, con la preocupación constante por todos aquellos que buscaban en ella refugio y cobija.

Ochenta y siete años estaría cumpliendo hoy aquella mujer, que primero luchó en la ciudad, luego subió a la sierra, bajó al llano y nos legó toda una vida dedicada a los suyos. De su delicadeza y ternura se nutrió y nutre un pueblo que la quiere y venera. Gracias, Vilma, una y mil veces, gracias.