Manuel Ascunce Domenech,Demasiados jóvenes eran esos años, para que le cegaran de pronto la luz, le cortaran la esperanza, le cercenaran la alegría; 16 años apenas inician la vida, se conoce muy poco del mundo que se vive, ¿y por qué tanta saña si es la ingenuidad que aún no se ha librado de la adolescencia?
Evelia, la madre, se había entusiasmado con la idea de su retoño: llegar hasta a lo más elevado de las lomas donde la noche apartaba la luz, y la ignorancia se enseñoreaba.
Hasta allá llegó el hijo, con su lápiz, su cartilla, su farol, su corazón. A lo más recóndito del Escambray donde el campesino y su familia lo amparaban como un hijo más, arribó uno de esos años iniciales de la Revolución para cultivar a los postergados de antaño.
Poco tiempo de alojamiento compartido, y se antojaban los malhechores que fueron esa noche a buscarlo. Trataron Pedro Lantigua y su esposa Mariana de ocultar su verdadera identidad, más el salió al frente y exclamó sin temor en la mirada: ¡Sí, yo soy el Maestro!
A los verdugos no les importaron sus dieciséis años ni la infancia aún latente en sus pupilas. Lo asesinaron junto al campesino amado.
Pero la muerte de la adolescencia se convirtió en luz, en amanecer.
Cuba se declaró libre de analfabetismo, y años después se organizó, al llamado de Fidel Castro, el Destacamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech al que acudieron miles de jóvenes, que al igual que aquel que había invadido la montaña cargado de libros y esperanza, han trasmitido y trasmiten el fulgor del ejemplo vivo del que por siempre será el maestro.
