Ider y Aida, unidos en el amor y la pasión por la naturaleza. Fotos del autor.Ider Peña Ricardo es un humilde hombre de campo que con apenas cinco años de haber venido al mundo conoció de muy cerca lo que es trabajar en la tierra.
“Figúrate que mi padre nació en esta finca, y nos crió aquí mismo a mi hermano y a mí y amanecíamos a pie de surco con un trago de café en el estómago, azadón y machete en mano para sudar desde esa hora; entonces parábamos por el mediodía, almorzábamos y echábamos un descanso, y con el sol que pelaba volvíamos a doblar el lomo hasta que se hacía casi de noche”, asegura este calixteño alto, delgado, de 75 años de edad.
Tiene suficiente vitalidad para junto a su esposa Aida Toppes Velázquez, atender la finca nombrada El Aguacate: “Desde hace 5 años nos enamoramos de la idea mi mujer y yo de convertirla en finca forestal, nos ha resultado. Aquí tenemos bijagua, baría, cedro -el que más predomina-, caoba; y en frutales: mango, guanábana, anón, anoncillo, níspero, guayaba, maracuyá, yuca de sagú, limón, y entre otras, naranja agria.
“Para mantenerla en buen estado -comenta- hay que darle condiciones de deshierbe, utilizar los desechos de cosecha para abono orgánico, las cepas de plátano burro y gajos de matas las pongo en las cercas para que la lluvia no me arrastre la tierra, y como se ve todas son de cardona que no perjudican los sembrados y el medio”.
Aida es mujer ágil, de verbo fácil, que no aparenta los más de 60 años de edad. “Ayudo en la desyerba, y en lo que haga falta siempre y cuando pueda porque soy ama de casa, y el trabajo en el campo es duro, pero El Aguacate es como un paraíso porque en ella encontramos amor, tranquilidad, deseos de vivir cada día, cada jornada; y porque son árboles maderables y frutales los que predominan, aquí no hay ni aves ni animales que destruyan lo que con tanta dedicación hemos alcanzado”, señala esta agradable mujer.
Por estas labores en la finca forestal privada, el Ministerio de la Agricultura le paga a su propietario por etapas de desarrollo en la atención a las posturas, a la plantación en su desarrollo, por la supervivencia de las plantas, y por la entrega al Estado.
“Hace poco tuve una visita nacional de la agricultura urbana y me entregaron un certificado que dice Aspirante a Referencia Nacional por el aporte al desarrollo técnico y los resultados productivos y económicos alcanzados; y eso me pone contento y de aquí, de esta tierrita que me vio nacer, al final de la calle Júpiter en el barrio de Las Brisas, me voy cuando deje de existir, así se lo dije a mis dos hijos y al resto de la familia. El Aguacate es parte de la vida de Aida y de Ider Peña Ricardo,” dijo este hombre que también compartió la emoción de los lápices, el pizarrón, las aulas y los educandos durante más de 35 años de su vida.

