Hay hombres que se convierten ellos por sí mismos en leyenda, y la muerte no hace sino dotarlos de un halo místico, de una aureola que los vuelve como ángeles de luz por toda la eternidad.

 

Cada pueblo, cada generación tiene sus leyendas, y las leyendas siempre andan de la mano con hombres o mujeres que, reales o imaginarios, nos ayudan a vivir, a sostener sueños, a enfrentar el futuro, asidos a la grandeza de los recuerdos. Yo tengo mis recuerdos, todos los tenemos, y tengo también a mis ángeles de luz. Hoy quiero compartir con los que lean estás páginas, una escueta memoria sobre uno de esos hombres que superan los límites del tiempo y el espacio para elevarse hacia el infinito de las grandes leyendas urbanas.

La familia Amores López es más que conocida en Buenaventura, este pedacito de tierra holguinera, distante a unos 38 kilómetros de la Ciudad de los Parques; aquí todavía quedan varios de los hijos del matrimonio que desde siempre formaron Ramón Benito Amores, desconocido por ese nombre tan largo que el pueblo achicó en un rotundo “Macho Amores” y la buena de Elena López; él fallecido, después de una vida detrás de un mostrador de bodega, ella todavía fiel a sus recuerdos y en la santidad de una vejez que le ha ido borrando la mente y la visión.

De esa unión nacieron cinco hijos, por este  orden: Amado, Alejandro, Arnaldo, Arlet y Abel, todos criados en la humildad y el respeto, en la cordialidad que emana de un barrio pequeño, donde todos se conocen y se quieren.

Si bien Macho Amores fue un hombre muy querido por todos los que habitamos esta zona, el apellido que él hiciera perpetuar genéticamente, nos llega envuelto en ese velo místico, gracias a la hermosa historia que para el deporte holguinero y para nuestro patrimonio cincelara a golpe de técnica, músculos y valor, el segundo de sus vástagos, Alejandro, nacido el 13 de marzo de 1950.

No creo que haya otra figura en nuestro territorio que haya superado y pueda superar la admiración sin límites, la pasión con la que de él se habla, las historias que sobre él se cuentan, las hazañas que se le atribuyen a Alejandro Amores López y cuya infancia compartió con los de su tiempo en la pequeña escuela de la prístina maestra Margarita Parlá, hasta que finalizó el cuarto grado cuando matriculó en el  recién inaugurado Centro Escolar Rigoberto Mora, para terminar la educación básica con los grados quinto y sexto.

Después de varios años más de estudio, Alejando se tituló como  Maestro Primario, pero ya su pasión por el judo había comenzado y dadas sus condiciones naturales para esa disciplina, fue captado para matricular en el centro de formación de atletas y profesores Manuel “Piti” Fajardo, de la capital cubana y hacia allá partió en 1970, para regresar cinco años después convertido en pofesor de ese arte marcial, vistiendo su impecable kimono blanco y a mitad de cuerpo una intimidante cinta negra que acompañaba el grado de Primer Dan. Entonces eran tiempos de héroes y guerreros al estilo de Sato Ichi, y Amores era lo más cercano que teníamos al desconocido y mágico mundo oriental, elevado a la categoría de arte por Akira Kurosawa.

Llegó con su alto grado deportivo, con su bien ganado respeto, con sus músculos exorbitantes, y su inseparable voz ronca, y lo veíamos como quien ve algo supremo, como quien vive el privilegio de respirar su mismo aire, como quien sabe que se es parte de una leyenda que ha echado a andar y no se detendrá jamás.

Poco venía Alejandro a Buenaventura, los fines de semana, solo algunos, y siempre en Holguín, en la ciudad, en los tatamis y las competiciones, y sobre todo en boca de la gente, porque las leyendas siempre van de boca en boca.

Alejandro Amores iba así, de boca en boca: “Es el único que puede entrar en la Chomba, el barrio más peligroso de Holguín”, “Es el que entrena a la policía”, “Alejandro subió a Loma de la Cruz y bajó a Gary, el guapo más reconocido del ambiente en la ciudad”, “Escaparate, que era alumno de él lo retó y Alejandro le dijo: Recuerda que el maestro nunca enseña todo lo que sabe, y dicen que le fracturó como cuatro costillas…”

Y muchas de esas historias tenían elementos verdaderos, sirvió como instructor preparador del Ministerio del Interior en Holguín, preparó a muchos de los actuales profesores y mejores judocas de esta provincia, vistió de largo a esa disciplina y junto al también reconocido “Chino Fong”, de Santiago de Cuba, era entonces uno de los capacitados y autorizados al otorgamiento y cambio de cinta en el oriente cubano. De esa manera siguió su carrera como deportista y entrenador al mismo tiempo hasta alcanzar el segundo Dan, elevando, con ese grado deportivo, la delirante admiración que ya todos sentíamos por él.

Y como toda leyenda, todo en él tenía que ser a lo inmenso. El día 3 de enero de 1980 fue  inmensamente triste y conmovedora la noticia, que corrió como pólvora, de un accidente automovilístico en el que intervino desdichadamente el carro en el que él viajaba.

Varios días en la zozobra, la conmoción y la incertidumbre, Alejandro inconsciente, el pueblo avivando la esperanza en su ídolo y alimentando aún más la grandeza: “dicen los médicos que se salvó gracias a su enorme fuerza física”. Finalmente recobró la razón, se incorporó, pero ya jamás volvió a ser el mismo.

Meses de recuperación física, sin embargo su mente, debido a una compresión violenta de la masa encefálica, no respondía como de costumbre y su comportamiento difería demasiado con el de antes.

Las autoridades del deporte en Holguín y las del municipio no quisieron alejarlo totalmente del deporte y le dieron un aula de niños y adolescentes aquí, en su pueblo; y aquí lo vimos, casi restablecido físicamente, pero deteriorándose psicológicamente y  convertido en adicto a dos enemigos que jamás habían entrado a su organismo: el alcohol y el cigarro.

A la postre fue el humo y la nicotina los que minaron su organismo, que al cabo de 15 años posteriores al accidente, no pudo más para dejar de existir, víctima de un paro respiratorio en el año de 1995.

Nacía con su muerte el mito, la leyenda estaba más que sembrada, y uno siente que desde entonces se perdió una parte importante de nuestros sueños, que se fue para siempre el que motivó tantas historias de novelescas hazañas, y desde ese día hasta hoy nos sentimos culpables de no haber dado más a quien lo merecía. Desde que no lo tenemos en nuestras calles con su inseparable kimono y su vara a modo de bastón, pensamos en que la ciencia y los hombres pudieron cuidarlo mejor para nosotros y para nuestros hijos, para que ellos también compartieran el orgullo de los que lo conocimos y alguna vez lo tratamos o fuimos sus alumnos.

Sirvan estas líneas como eterno homenaje a Alejandro Amores, quien tal vez sin proponérselo, se quedó para siempre en la cultura de este pueblo, y a fuerza de talento y valor alimentó su interminable leyenda.