Todos los niños tienen un don único, una manera casi mágica para atraer a quienes ya tenemos un poco más de edad. Pero con ella me ocurrió algo especial. Tras mucho escuchar referencias sobre su persona y su talento, nuestro primer encuentro no fue hasta que la oí cantar.
Su voz evidencia la ternura, la candidez de esta pequeña. Es usual encontrarla con el pelo suelto, llevando vestido o atuendos ligeros que refuerzan la inocencia infantil, que a muchos en los últimos tiempos les ha dado por tirar al abismo, para convertir a los infantes en adultos a pequeña escala.
Por su estatura podría creerse que no tiene más de cinco años, pero el uniforme impecable y el azul de la pañoleta denuncian el camino desandado. Orgullosa de sus triunfos confiesa que ya aprendió los productos y que pasó para tercer grado.
No conoce la pena, tampoco el miedo escénico. Tal es así que se ha convertido en una suerte de bombero que salva al más complicado, si de actividad cultural se trata. No importa que sea una rendición de cuenta, el acto de fin de curso de su escuela Luis Saíz, o la conmemoración de alguna efeméride. Con background, acompañada por la guitarra o a capella regala a todo el que lo desee sus interpretaciones.
Cuando se aburre sigue los pasos de su madre, coge sus instrumentos y como la mejor de las profesionales, tras el mostrador y sobre una banqueta recibe sonriente a los clientes que buscan en la farmacia el medicamento necesario para sus dolencias.
Su mundo se construye con fantasía, juegos, sonrisas, la complicidad de sus hermanos, el acompañamiento acertado de su mamá, el cariño de sus vecinos. El canto es uno de sus grandes tesoros, no importa si es La Lupe, La Guantanamera o cualquier tema infantil.
Su nombre es Keyla Roche Quevedo. Keylita para todos en el barrio, aunque para mí es la artista, porque ella lo lleva en la sangre y es feliz.
