Gilberto con su nuevo órgano. Foto: Daer Pozo.Gilberto con su nuevo órgano. Foto: Daer Pozo.No puede hablarse de órganos en esta tierra holguinera sin mencionar a los Hermanos Marrero, y por consiguiente, no hay historia de Marreros sin que aparezca, irremisiblemente, el nombre de Gilberto.

Gilberto Marrero Ajo es como la síntesis de las grandes pasiones por una tradición que perdura gracias a seres como él, hechos con la misma sustancia con la que se arma uno de esos inmensos cajones de acordes y melodías.

Muchas son las anécdotas que vienen a mi mente, en las que está involucrado Gilberto, que ya es para nosotros tan entrañable y pintoresco como lo puede ser el propio órgano, el cocodrilo de Rizo o la carretera central, sin los cuales Buenaventura no fuera la misma.

Gilberto nació para vivir para el órgano; gracias a un fuelle de órgano respira y anda. Tanto es así que cuando el destino y el olvido de otros por su música hicieron que él y sus hermanos vendieran su viejo instrumento, se le veía como muerto, herido en lo más hondo, triste. La pelota, otro de sus temas de conversación, le apaciguaba el hambre de pasado, hasta que no pudo más, y de sus ahorros personales, sin reparar en otra cosa, tomó los miles que se necesitaban para comprar otro. Viejo, destartalado, casi inservible, pero un órgano al fin.

Y había que verlo de contento, como un niño con juguete nuevo, hablando a todos de sus viajes por hacer y sus contratos por cumplir, de sus viejas amistades en el occidente de Cuba, donde a su decir: “Sí saben apreciar su música y los contratarían”. Sus hermanos y algún sobrino lo secundarían y mucho han trabajado para darle vida al sueño de Gilberto, ya suena su Nuevo Órgano de los Hermanos Marrero, y aunque todavía no aparece el verdadero respeto que merece esa pasión, él se siente un poco más feliz.

Nadie es perfecto, y que tire la primera piedra el que esté libre de pecado. Por eso, hablo de Gilberto Marrero sólo lo que en él es bueno, su nobleza, su amor de hermano, su espíritu batallador, su entrega a lo que heredó de su padre, la pasión de cubano que se le desborda y sobre todas las cosas su vicio de decir la verdad cuando algo no le gusta. Así te has de quedar, Gilberto.