Cada pueblo o ciudad tiene a barberos que permanecen en la memoria popular. Foto: Kaloian Santos Cabrera Cada pueblo o ciudad tiene a barberos que permanecen en la memoria popular. Foto: Kaloian Santos Cabrera Después que el cuerpo humano alcanza la completa madurez, sólo dos cosas continúan creciendo: las uñas y el cabello. Para las uñas la manicurista; para el cabello, si se es mujer, una estilista o peluquera y si se es varón un barbero.

Por eso es justo recordar a nuestros barberos más queridos y por cuyas manos pasó la gran mayoría de las cabezas de los “buenaventureños” de décadas anteriores.

 

El “Chino” Ávila es considerado el primero que usó unas tijeras con ese propósito en lo que sería el actual poblado que habitamos, perteneciente hoy al municipio holguinero de Calixto García.

Ávila tenía su barbería en una pequeña habitación edificada a tales efectos y que todavía se conserva, frente a la actual dulcería municipal, la antigua panadería de Mario Duany, otro capítulo que bien merece una de estas crónicas nostálgicas.

Según me cuentan, aquel primer barbero, de habilidosas manos, se fue para la capital y de ahí a los Estados Unidos, allá murió muy viejo y añorando a su tierra.

Pero bien, sigamos la historia y conozcamos o recordemos a otros “cortapelo” que le sobrevinieron; así fueron llegando y se establecieron en el poblado cuatro nuevos barberos: Nonó Torres, José Hill, Cayo Labrada y Salomón Segura, todos atraídos por el asentamiento en formación y las ganancias que la necesidad del corte de cabello proporciona.

Nonó había sido policía del Ejército de Batista, pero al parecer estaba “limpio” y siguió por buen tiempo ejerciendo su profesión hasta que falleció de muerte natural. José “Pepe” Hill, Cayo y Salomón también se quedaron y fundaron sus respectivas familias que siguen aquí, distinguiendo con sus apellidos los albores de la formación pueblerina.

Pepe Hill tenía su barbería al lado de su hogar, muy cerca del antiguo cuartel de la guardia rural, hoy Dirección Municipal de Educación. Salomón tenía la suya al lado de la zapatería de Arcelio Vázquez, que a su vez estaba pegadita a la tenería de pieles de su hermano, todo esto en la esquina opuesta a la actual dulcería, en la antigua cuadra de Medina, donde hoy vive María, esposa del difunto gallego.

Entonces ya andaba por estos rumbos otro barbero que es toda una institución dentro del ramo lo mismo que los mencionados, hablo de Américo Córdova, que durante un buen tiempo arrendó y trabajó en el local dejado por el Chino Ávila, lugar que también compartieron con él otros dos artistas de las tijeras que hay que mencionar: Héctor León y Domingo Segura, este último conocido simplemente por las dos últimas sílabas de su nombre: “Mingo”.

Los nombres se me revuelven en la cabeza al conversar con León, el único barbero de aquella generación que aún vive y se mantiene activo, con excelente pulso y tirando cortes a sus amigos de antaño.

Aparecen en mis visiones otros personajes sumamente queridos por todos los que alguna vez nos sentamos en sus sillones: Wilson Segura, sobrino de Salomón, apodado “Zapatilla” y Angelito Labrada, hijo de Cayo, y conocido también por un sobrenombre muy curioso: “Amapola”.

Es muy rica la historia de tantos y tantos hombres que han hecho de esta profesión un arte. Sí, porque hay que ser un verdadero artista para  cortarle el cabello a una persona, estudiar su fisonomía y en buena medida corregir a la naturaleza para, al final, hacerla lucir mejor. De eso conversé también con mi amigo León, que día a día se sienta en el mismo portal de hace años, en su casita de casi toda la vida en la calle 26 de julio a fumar su inseparable tabaco y de su boca supe que la vida del barbero no sólo es escuchar y cortar, y que además de los buenos ratos que se pasan en una barbería, de los chismes que se escuchan, también hay que “guayarla” como decimos en buen cubano, hay que caminar y hacer clientes, como los hizo él y seguramente todos los que han tenido o tienen un sillón frente a sí.

Tiempos buenos y tiempos malos, tiempos en los que salían a buscar cabezas para pelar por sólo diez centavos y a veces no usaban las tijeras.  Tiempos cargados de anécdotas, como la que he dejado para el final y que protagonizara el legendario “Pepe” Hill una típica mañana de principios del siglo XX.

Cuentan que un conocido vecino de estas tierras, nombrado Santiago Ruz, era habitual en el sillón de “Pepe” y cara arriba esperaba la espuma y la navaja para salir reluciente y complacido; acto seguido y regularmente dejaba sobre la mesa la peseta en la que incluía la propina al diligente y servicial propietario.

Una mañana, como de costumbre llegó Santiago, Pepe vio el cielo abierto, porque la segura peseta de aquella faena era la esperanza de un desayuno familiar. Con prontitud de mago y su andar característico afeitó a Santiago, le untó sus esencias olorosas, le pasó el peine por la cabellera y retiró el paño, se volteó para hacer que acomodaba algunas cosas y no aparentar demasiada necesidad cuando escuchó la voz de su cliente dar las gracias por el servicio; Pepe respondió y el cliente se marchó. Ni corto ni perezoso, el buen barbero se volteó hacia la mesita y dicen que con ojos redondos y desesperados decía bajito: ¿Dónde la pusiste, dime dónde la pusiste Santiaguito, por tu madre?, que es la del desayuno.

Hay que aclarar que Santiago, a veces, dejaba de pagar y después pagaba el atraso, pero ese día embarcó al pobre “Pepe” Hill.

Hay que hacer memoria, hay que hacer historia y abrir el alma para no olvidar jamás a quienes nos hacen lucir mejor de lo que somos. Gracias señor barbero, y por favor, tíreme un cortecito.