El alzamiento protagonizado por Carlos Manuel de Céspedes el diez de octubre de 1968, hace 145 años, fue algo más que el inicio de nuestras guerras de independencia, fue un grito de cubanía en busca de la identidad nacional
Céspedes fue el encargado de llevar a vías de hecho, la materialización de un pensamiento de carácter identitario, que desde inicios de siglo habían iniciado otros por vías reformistas. En La Demajagua se inició la batalla por fundar una nación, un estado en los albores de la era moderna.
Es cierto que la principal misión de la causa era librarnos por la vía armada, al ver fracasado ya los otros caminos, del yugo que nos ataba a España y eliminar con ello las crueldades de la esclavitud, pero la batalla no fue solo en el campo insurrecto, se dio en el orden jurídico y cultural.
Para ese entonces ya se podía hablar de una cultura cubana no solo vista como manifestación del arte, si no de una cultura de pensamiento, pero no de una identidad nacional, al no existir la nación.
Céspedes lo previo todo. Un himno glorioso, una bandera y un gobierno en armas. Aquel himno cantado el 20 de octubre en la toma de Bayamo, se convertiría en nuestro himno nacional. El gobierno constituido en Guiamaro sería el inspirador del gobierno con todos y para el bien de todos que diseñaría luego Martí.
La guerra del 68 fracasó, pero sus experiencias sirvieron de acicate en las siguientes contiendas libradas hasta lograr nuestra definitiva independencia, pues como dijera nuestro máximo líder Fidel Castro, en Cuba ha habido una sola Revolución, la que inicio Carlos Manuel de Céspedes y la que continúa hoy nuestro heroico pueblo.
El grito de La Demajagua más que un grito de guerra, fue un grito de cubanía e identidad. Gracias a aquellos hombres que se fueron a la manigua redentora, hoy podemos hablar de una Cuba, de una nación, y de un pueblo dispuesto a sacrificarlo todo por no perder sus conquistas.
