Tarja ubicada en Los Itabos, municipio de Calixto García. Foto: Antonio GuerraTras el vergonzoso Pacto del Zanjón, que puso fin a la Guerra Grande, en un grupo de los mejores patriotas reinaba el interés de continuar la lucha contra el colonialismo español.
Al Zanjón le siguió una fuerte acometida de las autoridades españolas al hacer prisioneros y deportar hacia España a algunos de los principales jefes independentistas, aun cuando en junio del 1879 Calixto García fue puesto en libertad.
Desde la emigración de Nueva York y Cayo Hueso se habían realizado varias acciones para organizar a los patriotas del exilio en interés de apoyar las fuerzas independentistas del centro del país.
El 24 de agosto de 1879 se iniciaron los alzamientos armados en la región oriental liderados por el brigadier Belisario Grave de Peralta y secundado por el teniente coronel Cornelio Rojas, los comandante Remigio Almaguer y Luis Hechavarría, quienes formaban un contingente de unos 200 efectivos.
En Los Itabos, cerca del río La Rioja, perteneciente a San Lorenzo, rodeado de exuberante vegetación el lugar les ofreció a los patriotas el mejor escenario, donde se pronunció el Grito de Independencia o Muerte.
Mientras el alzamiento principal de la Guerra Chiquita se produjo en la Plaza La Yerba, de Santiago de Cuba, el 26 de agosto de 1879, liderado por el general Guillermón Moncada y otros jefes y oficiales que con unos 400 hombres salieron de la ciudad a ocupar las regiones previstas, independientemente de que no pudieron cumplir el plan inicial del levantamiento.
En los días y meses subsiguientes se produjeron otros alzamientos como el liderado por Ángel Guerra, en Holguín; Esteban Varona, en Las Tunas; Luis de Feria, en Alcalá; Limbano Sánchez, en Baracoa, y Mariano Torres y Luis Rabí, en Bayamo, Jiguaní y Baire.
A partir del 9 de septiembre del propio año se levantaron en armas los grupos comprometidos en Las Villas que incluyeron las regiones de Remedios, Sancti Spíritu, Arrollo Blanco, Ciénaga de Zapata y Sagua.
Las tropas alzadas en Oriente y Las Villas no contaron con la dirección política y militar de los principales jefes que fueron controlados, en tanto las autoridades españolas habían puesto en funcionamiento un plan para vigilar sus movimientos, tanto en Cuba como en el exilio, desplegando además una intensa propaganda sobre el peligro de la «guerra de razas».
El gobierno de la metrópoli desató una fuerte represión reforzando los territorios con unos 12 mil soldados que habían arribado a Cuba, con los cuales hicieron frente a las fuerzas insurrectas.
Fue así que el último en retirarse del campo insurrecto resultó el coronel Emilio Núñez que permaneció combatiendo hasta el 3 de diciembre de 1880 cuando depuso las armas dando así por concluida la Guerra Chiquita.
Pese a su corta duración, constituyó un momento imprescindible de la historia patria. La Guerra Chiquita demostró la validez del ideal independentista y la inquebrantable decisión del pueblo cubano de obtener su emancipación y sirvió para descaracterizar el contenido racista del autonomismo que pretendía desvirtuar los verdaderos principios de la insurrección.
Esta contienda marcó la iniciación de José Martí como dirigente, que el Maestro adquiriera una vasta experiencia y le allanó el camino para entrar en contacto con las masas populares del exilio, su futura base social para una nueva revolución, que dio continuidad al ideal independentista que llevó a la lucha a diversas generaciones de cubanos hasta el primero de enero de 1959.
