“No necesita encomio nuestro el general García, lleva su historia en su frente herida”, escribió Martí del digno holguinero que prefirió la muerte a caer prisionero de las tropas españolas.
Quiso el destino que aquel día no fuera el último de la vida de un hombre que se había consagrado a la lucha por la independencia de la tierra que lo vio nacer. Mucho tenía Calixto García aún por delante. Muchas batallas que librar. Mucho que enseñar a las huestes mambisas.
En su avance por la historia demostró su capacidad como estratega militar. A su táctica sumó el empleo de la artillería en la planificación de campañas y acciones, al tiempo que desarrollaba las habilidades de sus tropas para el sitio de poblaciones y el ataque a grandes columnas en marcha.
No importó la prisión, que fuera deportado, los intentos expedicionarios que no llegaron a feliz término. Convirtió cada revés en aprendizaje para las futuras contiendas. Cabalgó con heroísmo desde la Guerra de los Diez Años, pasando por la Guerra Chiquita hasta llegar a la Guerra Necesaria.
Heroica fue igualmente su actitud ante la prohibición de la entrada de las tropas mambisas a la ciudad de Santiago de Cuba. Así escribió el jefe mambí al general Shafter: “circula el rumor que (…) la orden de impedir a mi Ejército la entrada a Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganza y represalia contra los españoles. Permítame usted que proteste (…) porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada (…) respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía”.
Su moral y valentía le habían trazado la senda para inscribirse en la historia. Ni las heridas, la cercanía de las balas o el rigor de la manigua le permitieron a la muerte llevarlo consigo. Lo encontró lejos de casa, en tierra estadounidense, mientras gestionaba fondos para el licenciamiento de los combatientes del Ejército Libertador.
Pero el General de las Tres Guerras volvió con los suyos. Montaba entonces el corcel del tiempo, pues Calixto García trascendió su época para pertenecer a todas las épocas. Su presencia, su memoria, sirve de guía a los nuevos mambises que, combate tras combate, continúan entrando en Santiago.
