Oía hablar a mi madre de Vilma Espín y pensaba, en mis sueños de adolescente, que esa mujer era Cuba entera.
Todas, o casi todas las mujeres de esa y otras generaciones la seguían en sus empeños de transformar la patria nueva, la igualdad de nuestras compañeras, la superación, en fin, la mujer en tiempo de cambio revolucionario.
Recuerdo las ocasiones que junto a mi progenitora aún siendo niño, estuve en los campos cañeros, en los cafetales, en la siembra de árboles, y en las festividades que la Federación de Mujeres Cubanas (FMC) ofrecía en las delegaciones y a las que acudíamos con la alegría que solo ellas son capaces de contagiarnos.
Eran tiempos hermosos. Se iba por convicción, por esa convocatoria de los inicios que unificaba, que comprometía. Ahora la FMC, con la misma esencia fundacional, adecua su trabajo a los momentos actuales. La atención a familias disfuncionales, a mujeres pegadas al surco, a niños con problemas de conducta, con enfermedades oncológicas, a la mujer y a la familia que son parte esencial de nuestra sociedad.
Este domingo Vilma, la eterna presidenta, la heroína de la sierra y el llano, estaría cumpliendo ochenta y nueve años. Mujer sencilla, talentosa, valiente. Madre amantísima, así se cuenta su andar.
Su encomienda está presente en las mujeres calixteñas, en esas humildes que desde el surco trabajan junto a sus compañeros para hacer producir la tierra, en esas que son ejemplos en la dirección de las diversas formas productivas.
O en las maestras que enseñan y educan en lugares distantes de la geografía calixteña, o en pueblos hermanos de cualquier continente.
En nuestras médicos que atienden a sus enfermos en comunidades dispersas, o en otros países adonde llevan la medicina de la solidaridad.
Pero es en los barrios donde nuestras féminas dan muestras elocuentes del protagonismo del día a día en la educación y la protección de la familia, en la disposición para acometer tareas en la limpieza y embellecimiento de nuestros poblados, y para ser de las primeras en acudir a las urnas para votar por la unidad de las calixteñas y calixteños, por la unidad del pueblo cubano.
Ese es la herencia de Vilma, una mujer que lo tuvo todo para ser princesa y que sin embargo, prefirió recibir una clase de Historia de Cuba de aquel maestro, hijo de un ayudante de Antonio Maceo, y ser de esa manera, perseverante con la educación que le dieron sus padres.