Fue hasta la misma guarida del sátrapa, no se encontraba. La arenga revolucionaria a través de la radio: “! Pueblo de Cuba! En estos momentos acaba de ser ajusticiado revolucionariamente el dictador Fulgencio Batista.…! Cesa la comunicación. Momento tenso. Sale de la cabina. Intercambio de disparos en las calles de una Habana hastiada de tanta injusticia. Una ráfaga de ametralladora quiebra la estatura física, pero no la moral, el ímpetu, la conciencia, el ejemplo.
José Antonio Echeverría Bianchi, estudiante de arquitectura, fundador del Directorio Revolucionario, brazo armado de la Feu, juró ante Martí, ante el Apóstol que Cuba sería libre para siempre.
No había cumplido los 25 años José Antonio cuando su arrojo creció y se elevó a lo más alto, allí donde están los héroes y mártires de la Patria. Junto a otros compañeros fueron a conquistar el honor.
¿Quién ha dicho que las balas silencian el ejemplo? Ellas impiden el brillo de un instante, pero no la perpetuidad.
La demostración de José Antonio como el de sus compañeros caídos en el fragor del combate, en la cotidianidad, en el decursar de la vida, perdura, son referentes que se multiplican en los jóvenes de hoy. En los que se empeñan, en seguir adelante la obra que él emprendió.
