Hombre humilde, maestro de cuerpo entero era Conrado Benítez García. Apenas un adolescente, estaba en las filas de la vanguardia para llevar luz a los sitios más intrincados de la geografía cubana. Había que cumplir con el deber, la Patria convocaba y gente pura como él no dudaría en marchar a las montañas del Escambray.
¿Quién era ese joven que en su niñez tuvo que trabajar como limpiabotas y panadero para asegurar, en parte, el sustento familiar?
Atento, de trato afable, respetuoso, de poco hablar, pero fascinado por asistir desde niño a su escuela, aunque las penurias le harían abandonarla desde las primeras letras, así lo describían sus compañeros y vecinos. Es su familia de la raza negra y por más, la discriminación y la pobreza le cercenan la infancia.
Pero siguió en su empeño y al triunfo de la Revolución, aunque sus aspiraciones estaban en la ingeniería eléctrica, no dudó en disponer sus conocimientos al servicio de la campaña de alfabetización. Se veía entusiasmado en la escuela de Minas del Frío, Sierra Maestra, en donde el futuro maestro conoció el amor de su compañera Nancy con quien pretendía casarse.
Es de los primeros en ser ubicado a una intrincada zona de Trinidad, en la región montañosa del centro del país, zona muy aislada, conflictiva donde operaban bandas contrarrevolucionarias. A Conrado lo situaron en Sierra Reunión, donde fue el primer maestro de esa área.
Allí construyó su escuela en un aserrío y ayudó a otros a levantar las suyas. Para solucionar el problema de los asientos, clavó unas estacas y les puso tablas encima, porque lo más importante para el joven radicaba en que todos los campesinos y los niños aprendieran. Los últimos días de 1960 los pasó con su familia y su novia. Anhelaba fundar una familia, luchar por la Revolución y seguir superándose.
Pero los asesinos, con la carga de muerte, detuvieron el camino inmediato de un joven negro que lo único que portaba eran sus pertenencias, libros para enseñar y el ejemplo para educar a esos alumnos que lo esperaban ansiosamente.
Trataron de callar una voz con su muerte, pero estas se multiplicaron, miles de adolescentes y jóvenes como Conrado fueron a los llanos y montañas con el lápiz, la cartilla, el farol y el manual. La brigada de alfabetizadores se honró en llevar el nombre del maestro mártir. Cuba se declaró como primer país de América Latina libre de analfabetismo y la hazaña prosiguió hasta lo infinito.
Todo el país vibró por el cambio, la mayor revolución cultural que es la alfabetización fraguaba los pasos para continuar la obra redentora. A cincuenta y ocho años de su asesinato bien vale evocar a nuestro poeta nacional Nicolás Guillén cuando en versos capta el momento: maestro, amigo puro, verde joven de rostro detenido.