El tañido de la campana quebró la quietud en las extensas planicies sembradas de caña de azúcar. Era el 10 de octubre de 1868, y en el Ingenio “La Demajagua”, en el oriental territorio de Manzanillo, el ilustre abogado bayamés Carlos Manuel de Céspedes daba la libertad a sus esclavos y los convocaba a la lucha contra el colonialista español.
El grito de independencia rompió eslabones de una cadena de oprobios contra los criollos de buena voluntad, que consideraban ignominiosa la esclavitud, miseria humana de la cual, con el pecho oprimido, el Héroe Nacional José Martí dijera en sus versos sencillos: Yo sé de un pesar profundo entre las penas sin nombres: ¡la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo!
En los días siguientes al 10 de octubre, miles de blancos, negros y mulatos libres se incorporaron a las filas del naciente ejército mambí, entre ellos Antonio, José, Miguel y Rafael Maceo; Flor y Emiliano Crombet, quienes en el decursar de la batalla se forjaron como indiscutibles líderes de las tropas insurrectas.
Céspedes, devenido en jefe de la Revolución de 1868, tiene el mérito de iniciar la contienda que, de lucha en lucha, concluyó en 1959 con la victoria del Ejército Rebelde, liderado por nuestro invencible Comandante en Jefe Fidel Castro.
Ciento cincuenta años han transcurrido de aquellos acontecimientos, símbolos de rebeldía y entrega de los criollos a costa de cualquier sacrificio, ejemplo convertido hoy en guía imprescindible para el pueblo cubano, fiel defensor de la igualdad, la justicia, y libertad plenas.