obelsico PeruchoObelisco dedicado a la memoria de Perucho Figueredo. Foto tomada de www.radioreloj.cu«Con Céspedes me uniré y con él iré a la gloria o al cadalso», diría Pedro Felipe Figueredo y Cisneros, Perucho, cuando alguien intentó apartarlo de la insurrección armada, toda una prueba de que confiaba en el pensamiento de su antiguo compañero de estudios.

Cincuenta y dos años había cumplido este patriota cubano cuando fue llevado al pelotón de fusilamiento. Lo habían capturado en pleno monte.

Cuenta su hija Candelaria que después de un mes de incesante fatiga llegaron a Santa Rosa, jurisdicción de Las Tunas. “A los tres días de estar allí, llegó papá con una alta fiebre que resultó ser tifus».

Cierto es que Perucho era poco más o menos un cadáver cuando fue capturado junto a casi toda su familia en las cercanías del río Jobabo, pues estaba muy enfermo entonces en pleno monte.

Antes le propusieron en el calabozo a este patriota entero perdonarle la vida si a cambio hacía dejación de la causa independentista, pero, aun con la muerte cercana no aceptó alianzas con el enemigo.

Pero Perucho no fue solo el autor de nuestro Himno Nacional, también fue experto dibujante, brillaba, además, como literato pues, al decir de su biógrafo Fernando Figueredo Socarrás, «manejaba la crítica con gracia y con ironía: en el epigrama era intencionado y chispeante (…) escribió muchos cuadros de costumbres y poesías satíricas».

Y dice más adelante,”es una lástima que las creaciones de ese hombre alto, delgado, esbelto, sonriente, dulce, comunicativo y a la vez con autoridad no existan hoy. ¿Cómo debe haber sido para aquel intelectual despojarse de esas riquezas espirituales y también de todas las materiales? Se preguntaba Figueredo Socarrás.

Perucho, junto a su esposa Isabel Vázquez Moreno, fundó una numerosa familia de once hijos, y tuvo el apoyo y la comprensión de su amada para participar en las luchas por la independencia de Cuba y es así que se emociona el patriota al ver a su hija Candelaria, «Canducha», llegar montada a caballo, vestida de blanco y con el gorro frigio, como abanderada del Ejército Libertador a Bayamo, el 20 de octubre de 1868.

El autor del Himno también vivió satisfecho de ser amigo de Carlos Manuel de Céspedes, con quien tuvo lazos familiares pues Eulalia, una de sus hijas, se casó con Carlos Manuel de Céspedes (hijo) mientras que Blanca, su otra hija, se unió con Ricardo Céspedes, sobrino del Padre de la Patria.

Pero lo que más lo vinculó al Hombre de La Demajagua fue su precepto, pues desde su ingenio Las Mangas, favoreció, el 13 de octubre de 1868, el alzamiento realizado por su amigo; y por eso creó la división La Bayamesa, que embistió con centenares de hombres la tropa española destacada en su ciudad natal.

Hoy lo evocamos en el aniversario ciento cuarenta y ocho de su muerte, pero al decir de Martí en este aforismo que pinta de cuerpo entero a este patriota de antes, de ahora y de los tiempos que quedan por delante, “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.”