Holguín lo vio nacer. Jiguaní fue testigo de su crecimiento hasta que en plena juventud se levantó en armas junto a Donato Mármol. Bayamo, El Cobre y muchos otros sitios de nuestra geografía lo recibieron o lo vieron pasar, porque por encima de todo era cubano y aspiraba a una patria libre.
La Guerra de los Diez Años, la Chiquita y también aquella que Martí llamó Necesaria fueron el mejor escenario de su quehacer insurrecto, convirtiéndose en el General de las Tres Guerras. Ni la prisión en la cárcel de Pamplona, ni ser deportado a España, lo hicieron desistir de su empeño libertador.
Por eso prestó especial atención a la preparación de las tropas. Planificó detalladamente campañas y acciones combativas con el empleo de mapas y croquis. Fue el jefe que más empleó la artillería. Desarrolló el arte de sitiar y tomar ciudades y poblaciones, además de atacar a grandes columnas enemigas, lo que lo llevó a convertirse en uno de los principales estrategas de las guerras de independencia cubanas.
Múltiples fueron los combates que libró, en los que demostró una sólida formación militar, adquirida de forma autodidacta. Guerrero corajudo que no solo mostró su dignidad en el combate sino también en las situaciones más difíciles.
Lo hizo cuando el enemigo cercó sus huestes de apenas una veintena de hombres. Entonces, imposibilitado de dar pelea, prefirió morir antes de caer en manos enemigas. Fue en aquel momento que colocó un revólver en su barbilla para quitarse la vida.
Sin embargo, quiso el destino que la bala en su trayectoria caprichosa saliera por la frente del héroe, donde quedara para siempre la huella de tal suceso. Al respecto José Martí escribió: “No necesita encomio nuestro el general García, lleva su historia en su frente herida”.
En esa historia también quedaría su madre, la señora Lucía, pues solo creyó que su hijo había sido apresado cuando le comunicaron que antes había preferido atentar contra su vida.
Esa misma dignidad fue la que demostró ante los hechos suscitados por la intervención norteamericana en la guerra entre Cuba y España, conocida como Guerra Hispano-Cubano-Norteamericana. Las fuerzas cubanas habían sido decisivas en la victoria ante los hispanos, sin embargo en el Castillo del Morro de Santiago de Cuba solo ondeó la bandera estadounidense.
Tampoco pudieron entrar las tropas de la mayor de Las Antillas a la ciudad santiaguera. Entonces el líder cubano envió una carta protesta al general Shafter, como muestra de su inconformidad con la decisión tomada por el alto mando estadounidense.
Escribió el general mambí en su misiva: “circula el rumor que (…) la orden de impedir a mi Ejército la entrada a Santiago de Cuba ha obedecido al temor de venganza y represalia contra los españoles. Permítame usted que proteste (…) porque no somos un pueblo salvaje que desconoce los principios de la guerra civilizada (…) pero (…) respetamos demasiado nuestra causa para mancharla con la barbarie y la cobardía”.
Así la historia lo ha enaltecido como un ejemplo de resistencia moral y física. Y para que no lo olvidemos desde 1976 nuestro territorio lleva su nombre: Calixto García Íñiguez, un hombre que al desdeñar su vida supo honrarla para siempre.