El cielo tronó minutos antes de las seis de la mañana. Las naves que cruzaban el cielo, aunque mostraban las insignias de la fuerza aérea cubana, no tenían el mismo objetivo de las que en tierra recibían un bautizo de fuego y muerte. Su misión era, además de destruir la ya antigua aviación cubana, sembrar el pánico.
Era solo el preludio. Sabido es lo que sucedió después. La juventud truncada, las vidas apagadas aquel día. El arrojo de Eduardo García Delgado al escribir en su último hálito de vida, como para dejarlo grabado por siempre en la historia, un nombre, el nombre símbolo para todos los cubanos: Fidel.
Sabemos también de las palabras del líder al día siguiente, al decir adiós a los caídos. Su firmeza al anunciar el carácter socialista del proyecto social que se construía para el bienestar de todos, al tiempo que, pese al dolor, avizoraba la necesidad de estar alertas.
Tampoco se puede olvidar la acertada visión previsora del dirigente. Dos días después del ataque un miliciano vislumbró movimientos cercanos a nuestras costas. Venían, como diría el poeta, a herir el gran pecho de Girón, como solo los cobardes hieren.
Provenientes de Honduras una horda de cubanos rencorosos, asesinos que habían abandonado el país después de 1959, pretendían asestar un golpe que condujera a la muerte a aquella personita con poco más de dos años, que daba sus primeros pasos y al que los cubanos de aquí le llamaban Revolución.
Muchos murieron, es cierto. Ni niños, ni mujeres, ni civil alguno, como la pequeña de zapatos blancos que vio sangrar a su madre y a sus hermanos, detuvo la crueldad de aquellos hombres que solo conocían la razón otorgada por el dinero.
Pero no contaban los invasores con la resistencia y la unidad de un pueblo, y la acertada conducción del hombre en el que habían depositado su confianza. Un pueblo vestido de miliciano y decidido a luchar por sus sueños le presentó al Imperio un revés con la contundencia que hasta el momento no había conocido en el continente que promulgaba sería para él.
La tierra fue abonada por la sangre de otros jóvenes, dispuestos y corajudos, algunos casi niños. Los “fieros” atacantes, derrotados, prisioneros, fueron canjeados por alimentos y medicinas. Por compota como dicen popularmente los cubanos.
Ahora, volviendo al poeta, abril abre sus flores, con manto azul y corona verde, desde la serenidad de un país construido sobre los cimientos de la memoria y que forja día a día el presente para garantizar el futuro.
