Amanecía el diecisiete de abril de 1961 y desde Playa Larga se vislumbraba un escenario bélico a la vieja usanza de los filmes norteamericanos que abordaban guiones con carácter prepotente e invasor.
Kennedy, bajo su consentimiento, posicionaba una artillería naval de cinco buques para controlar, según la política del Tío Sam, la situación de Cuba, derrocar al gobierno de Fidel Castro, suplantando el orden socialista que imperaba en la naciente Revolución.
Esta vez la película era muy real, el preludio del ataque yanqui fue a través de los bombardeos, dos días antes, a la base aérea de San Antonio de los Baños, a la pista de Ciudad Libertad y al aeropuerto de Santiago de Cuba.
Sesenta y seis horas fueron suficientes para demostrarle al mundo la capacidad movilizadora y el temple de los cubanos que, vestidos de milicia junto a nuestros soldados y el pueblo en general, enfrentaron con coraje a 1 500 hombres artillados con tanques, cañones, bazucas y otros dispositivos bélicos más avanzados.
Se frustraba la aventura mercenaria que vio rendirse en la Bahía de Cochinos a la brigada de asalto 2506, porque había un Fidel con dotes excepcionales de estratega militar para guiar la primera gran derrota del imperialismo yanqui en América Latina.
La victoria de Girón es un hecho que trasciende en la memoria de hombres y mujeres leales a las transformaciones sociales que defienden a los humildes, obreros y campesinos de la patria, una revolución con carácter suficiente para mantener su ideal socialista.
Hoy muchos girones se avecinan, seremos nosotros los jóvenes los encargados de tomar las armas de las ideas y, de ser preciso, las de los cañones, para escribir Fidel con nuestra sangre en una pared, como hiciera aquel valeroso patriota.
