Las palabras anuncian, pero los hechos confirman y ahí la fuerza de los que hacen del verbo el acto, que se multiplica en millones. Ahí la utilidad de servir, la utilidad de los guías que salvan a la humanidad del caos.
Y ahí la fuerza, motor de arranque, velocidad constante y el coraje de asumir el reto de ser continuidad y fusión de lo que otros iniciaron. Y hay que imantar la marcha desde la forja de la racionalidad y la inteligencia hasta la obra toda.
Pero son seguidos los que tienen la capacidad de injertar la gloria a la humildad, los que tienen la capacidad de tejer el paisaje merecido y lo hacen desde la crianza espiritual de las criaturas que tienen la virtud de la claridad, ahí la necesidad de los iluminados, los seres que se dan al servicio de millones y les devuelven la luz a sus ojos gracias a la capacidad de forjar en los demás la dicha compartida.
Ahí el servicio del vigía, del que está atento al dolor y asume la misión de salvar. Y es que los iluminados tienen la fuerza de la tenacidad; de pase lo que pase, nunca, pero nunca darse por vencidos, y ahí la claridad del triunfo, de seguir en otros, de vencer a la muerte si es preciso y hasta de saltar al futuro desde la franca sonrisa de un niño.
Cuba tiene iluminados en su historia: Varela, el humilde Padre Varela, nos enseñó junto a otros sabios de su tiempo a pensar; Martí, a asumir el legado de Varela y unir todas las fuerzas para luchar; y Fidel, desde el ascenso al altar generoso de la herencia patria, supo enseñar a su pueblo, y a sus seguidores en todo el mundo, a vencer, siempre vencer.
