La sicopedagoga Nancy Pérez ha sido homenajeada, en múltiples ocasiones, por la labor de décadas en apoyo a la educación familiar en Calixto García. Foto: I. Leyva
Por estos días se efectúan en todo el archipiélago múltiples actividades de reconocimiento a las miles de personas que, medio siglo atrás, participaron como protagonistas en una histórica epopeya: declarar a Cuba territorio libre de analfabetismo.
La educadora Nancy Pérez Cecilio, Hija Ilustre del municipio de Calixto García, apenas siendo una adolescente, se enroló en aquella fecunda obra.
¿En qué momento descubre usted la afición por enseñar?
“Desde niña, pues bien recuerdo que siendo muy pequeñita, siempre le pedía a los mal llamados reyes magos, que me trajeran lápices, libros, libretas y una pizarrita, porque yo quería ser maestra, pero mis padres eran muy pobres y no podían hacer que los reyes me complacieran”.
¿Qué sucedió entonces?
“Tuve la inmensa dicha que siendo prácticamente una adolescente, llegó el triunfo de la Revolución y ya a los 14 años me incorporé a un aula y hoy, medio siglo después, sigo en esa maravillosa profesión”.
Precisamente se cumple por estos días el aniversario 50 de la exitosa culminación de la Campaña de Alfabetización, ¿cómo recuerda aquella epopeya?
“Son muchos los agradables recuerdos de aquella fecunda idea del Comandante Fidel. No olvido la humildad de aquellas personas de Loma del Muerto, muy cerca de aquí de Buenaventura, niños y adultos, el agradecimiento a la labor que hacíamos, aunque también pasé un buen susto, pues una noche cuando regresaba a la casa, en compañía de mi hermano menor, nos hicieron un ataque con piedras, por suerte, hubo una voz que dijo: ¡déjenla, que esa es la hija de Gil Pérez! Después supe que eran los miembros de una banda contrarrevolucionaria que tenía su guarida en la zona de Guayabo. Así que te repito, la suerte me ayudó, estoy viva y aportando mis humildes conocimientos a mi querido pueblo”.
Según su basta experiencia, ¿cuáles son los retos más importantes de un educador?
“El reto mayor para un maestro, en cualquier parte del mundo, es saber buscar las fuentes de motivación de sus alumnos y para eso hay que tener amor por la profesión, porque con amor se logra todo y otro reto importante es llegar a establecer un estrecho vínculo con la familia”.
¿Y la felicidad mayor para un educador?
“Hacer realidad su obra, no solo enseñando a escribir y a leer, sino formando individuos de bien, que se interesen a diario por la superación y por los acontecimientos de su pueblo, de la sociedad”.