cuba-dia-educador.jpgEnaltecer al maestro es tratarlo con amabilidad, con cortesía, respeto y trato afable, es reconocer sus resultados laborales y no olvidar sus esfuerzos, es prepararlo para enfrentar el desafío y el placer de educar, sin sobrecargarlo con tareas que entorpecen su verdadero rol profesional, es exigirle por sus funciones, pero comprender sus problemas e inquietudes; es “colocarlo” en el justo estatus social que le corresponde.

Al enaltecer al maestro se cumplirá la añoranza de recobrar la autoridad casi olvidada de su palabra, donde ante cualquier polémica, según cuentan los abuelos, alguien decía con voz firme: “¡eso es cierto, lo dijo mi maestro¡”.

El educador debe inspirar sentimientos nobles, admirar a sus discípulos no solo por sus habilidades, también por sus cualidades; para que sean alegres, solidarios, comunicativos, sociables, patrióticos, que valoren el trabajo, que gusten del deporte, de la buena música, la poesía, las fiestas, la conversación provechosa, que amen la vida, y que la amen con la fuerza y la intensidad de la luz del sol.

El maestro ha de lograr que sus pupilos aprendan a solucionar los conflictos de manera asertiva, a controlar las emociones negativas, a resistir las frustraciones y fracasos, para saber elegir y tomar decisiones justas, a elaborar proyectos futuros, aceptar a los demás y afrontar con optimismo las dificultades y los retos de la vida.

El educador debe tener, además de una sólida formación pedagógica y cultura general, una elevada satisfacción por la labor que realiza, debe ser optimista, sencillo, responsable, comprensivo, amar a sus alumnos y a la patria y  caracterizarse por un profundo humanismo.

Recordar que el saludo afectuoso y la mirada de aliento, son también métodos educativos y que el mejor premio al esfuerzo de enseñar, es la sonrisa agradecida de un discípulo. El educador, debe preferir el elogio sincero a la crítica humillante, y recordar que muchas veces una metáfora ilustra más que varias definiciones científicas, que las diferencias expresan la riqueza de la diversidad humana y que la rutina puede ser enemiga de la creatividad.

El buen maestro debe poseer sentido del humor, que sublima el alma y fortalece las relaciones interpersonales. Inspirar sentimientos nobles y preferir ser recordado por sus discípulos, como la persona consagrada que ofrece parte de su vida a su profesión que es en esencia: desafío, devoción, compromiso, pasión y sabiduría.