Con la cabellera al viento y un suave olor a mariposas silvestres cabalga nuestra Celia por las serranías cubanas. A paso callado remonta el lomerío esta amazona criollísima hecha de palmas, tocororos y autoctonía.
Y en esta cabalgata eterna se agolpan los recuerdos? y vuelve la niña de Media Luna, educada sin prejuicios; amante de cuanto chaparrón cayese en el pueblo y aterrorizada ante cuanto ratón ?se oliese? por los alrededores. Memorias sueltas de la escuelita rural, del paraguas para pescar peces o del censo para niños pobres en Día de Reyes.
Y avanza la joven de hondura martiana que junto al padre plantó el busto del Apóstol en lo más alto de la Sierra Maestra, que enviaba cigarrillos con notas revolucionarias a los sobrevivientes del Cuartel Moncada, y hasta caminaba por las costas cubanas en busca de víveres de buques hundidos para dárselos a los pobres.
Poco a poco se le forja el temple de una verdadera guerrera y le brota la estirpe de Mariana. Y es toda Patria en un solo cuerpo. Desde ese entonces sería la Norma de la clandestinidad y la Sierra.
El apoyo al desembarco, la incorporación al Ejército, la creación del pelotón femenino Mariana Grajales: acciones todas de consagración eterna. En las lomas Celia corre solícita a los talleres de confección de uniformes, reparte el ganado entre los campesinos, combate en la línea de fuego, y teje canastillas para los hijos de sus compañeros caídos.
Con el triunfo se alza la heroína de acero, capaz de tomarse de un sorbo una tasa de café ante la sospecha de que fuese un atentado para su Comandante, o de fundar las escuelas de alta costura y encauzar la colosal obra del Parque Lenin.
La Celia amazona, la Celia mujer, la Celia del pueblo, hoy transita por las rutas de la historia. Su muerte fue sólo un pretexto para alimentar el mito. Cada 11 de enero se va tranquila por la guardarraya, con la mirada perdida de éxtasis, ante una Cuba por siempre libre.
